Empezó a resqubrajar su máscara el día en que, si bien su madre seguía presentando signos vitales, Zugzwang supo al verla que ese día moriría. Salió del hospital, y notó que hacía un día hermoso. Era junio, pero la temperatura no bajaba de los quince grados Celcius, no había una sola nube en el cielo, y los pajarillos revoloteaban alegres por ahí. Pensó en Terry Jacks cantando una de sus canciones favoritas, "Seasons in the sun", en especial en la parte que decía: : "good bye my friend, it's hard to die, when all the birds are singing in the sky." A pesar de lo miserable que se sentía, fue capaz de sonreirse al ver semejante día y recordar semejante canción. Tomó un ómnibus a casa de sus padres para buscar unos papeles. Lo hizo sin pensarlo demasiado, pero el problema fue cuando llegó al apartamento. Cerró la puerta tras de sí, y no sólo se encontró con un silencio, un vacío, y una soledad a la que debería acostumbrarse, también estaba la mirada de su querida gatita. La felina la miraba de un modo que sintió que la interrogaba. Se dio cuenta de que nunca había comprendido verdaderamente "El Cuervo" de Poe, hasta ese momento. Permaneció en silencio unos segundos, pensando en cómo explicarle a su amiga lo que iba a pasar. Tomando aire dijo, muy tranquila: "mamá no va a volver -hizo una pausa en la que no supo qué decir - Pero no te preocupes, porque yo... porque yo... porque yo voy a..." Entonces vio con una claridad horrenda que su sensación de que eso no era real era sólo una ilusión, porque todo eso era muy real, y no había nada que pudiera hacer, más que seguir viviendo. La mirada "¿y ahora qué vas a hacer?" de su amiga felina la había desencajado por completo. Había hecho, para su fortuna, una gran grieta en su máscara. Una semana después del deceso, Zugzwang fue a hacerse un tatuaje. Ya lo tenía planeado de tiempo atrás, pero seguramente la situación puntual en que se encontraba habría sido en parte responsable. Mucho de Zugzwang, mucho de su mente, de su visión de las cosas, de su manera de ser, se basaba en la gran influencia que había tenido sobre ella "El Principito", tanto así, que no lo escribiré ahora, porque requeriría una, o varias, entradas. El caso es que su tatuaje fue el Principito. Como nunca ha sido mujer de medias tintas, lo pidió grande y a color, a pesar de que nunca se había hecho uno en su vida, y ni siquiera se planteó el tema del dolor. Evidentemente que le dolió, y mucho. Pero una vez hecho el tatuaje, la intensidad con que estaba llevando el duelo disminuyó. En un momento, mientras el tatuador procedía, el dolor físico fue tan grande, que dejó de ser dolor físico, y cuando Zugzwang quiso acordar, ya no era la aguja lo que le dolía. El dolor físico había pasado a ser emocional, y de pronto, ya ni se enteraba de lo que le estaba pasando a su piel. Se lo contó a un amigo, intrigada por la situación y él le comentó que había una tribu indígena guerrera de la que había oído hablar una vez, que cuando un integrante sufría una pérdida podía pedirles a sus amigos más cercanos que lo torturaran para atenuar, o transmutar, así su dolor de modo que pudiera encontrarse fuerte nuevamente en menor tiempo.
De ese día a esta parte, Zugzwang suele sentirse bien. La ausencia de su madre es algo que de vez en cuando la golpea fuerte en el pecho, y la deja un rato desencajada, pero luego recupera la compostura.
La semana pasada, mientras se mandaban tonterías con su hermano por What's App, él le mencionó que no se había llevado almuerzo. Así que Zugzwang, sin decirle nada, le compró comida (y un alfajor Agua Helada ♥) y pasó de sorpresa por la plataforma 9 y 3/4. El negocio en el que trabaja su hermano queda en una calle que dura sólo una cuadra, y Zugzwang siempre se pierde de camino, por esa razón. Así que le llamó para sí "la plataforma 9 y 3/4." Le dio el almuerzo y lo abrazó y apretujó y besó como las hermanas mayores empalagosas hacen. Los compañeros de trabajo de su hermano se reían "ah, te hacés el hombre grande y tu hermana te trata como si tuvieras cinco años." Fue muy gracioso, debo admitirlo. Salió de allí contenta de haberlo visto, y de repente se paró en seco, porque pensó que en otro tiempo, esa misma actitud había tenido su madre con ella, y que ahora, pues... ya no. Eso la entristeció unos segundos, aunque luego se dijo: "sé realista, sos una adulta, ¿cuántos años hace que tu madre no te cocina/lleva el almuerzo?"
Tuvo otra recaída cuando a la mañana siguiente su hermano le envió unas fotos que tenía de su madre.
Después de eso estuvo sintiéndose bien, hasta este sábado. Se despertó, y vio que hacía un día divino afuera. Los días soleados siempre le recordaban a su madre, porque nunca en su vida conoció a nadie a quien ver el sol alegrara más. Además, cuando Zugzwang era niña, siempre dibujaba el sol en sus paisajes, y su madre le decía que por la forma en que lo dibujaba, o la posición en la hoja, o por vaya a saber uno qué, eso representaba que le daba mucha importancia a su figura materna. Su madre lo decía sonriente y con mucho orgullo, y Zugzwang miraba la hoja pensando cómo podía un dibujo decir eso de alguien. Con esos recuerdos en mente, se dirigió quien escribe a comprarse algo de almorzar, pero en la puerta del supermercado estaba un conocido, y para no tener que hablarle, porque no tenía ánimos, siguió caminando hasta un lugar que le encanta. La última vez que había ido, en febrero, eran otras las cuestiones que la aquejaban. Recordaba que era una noche de verano, en la que, en ese edificio, el apartamento de arriba del todo estaba vacío y alguien estaba pintándolo, a esa hora, como las diez u once de la noche.
Si alguien esa noche de febrero le hubiera comentado los sucesos que tendrían lugar entre esa fecha, y el 27 de julio, no se lo hubiera creído, seguramente.
Fumaba un tabaco sentada a lo indio en un banco mientras en su celular sonaba "Duda" de "Las Pastillas del Abuelo."
Estuvo un rato ensimismada en sus pensamientos ("ensimismamiento" era su palabra preferida ♥), hasta que unos turistas agradables y sonrientes le pidieron que les sacara una foto.
Eso le trajo un poco uno de sus fantasmas: el de que no suele sacar fotos a personas. Zugzwang fotografía paisajes, tonterías, pero casi nunca personas.
El domingo por la noche, había una niebla hermosa, y Zugzwang caminaba alegre, observando el paisaje y pensando por qué encontraría tan fascinante a la niebla, cuando era algo que la gente solía desdeñar.
Se molestó consigo misma por seguir siendo igual que cuando niña: alguien a quien todo sorprendía y maravillaba, como si fuera siempre la primera vez. Porque ese mundo hermoso, ya no era tan hermoso, porque su madre ya no estaba, ¿no? Entonces, ¿por qué seguía percibiéndolo así?
Lo meditó un rato, hasta que llegó a una conclusión. El mundo seguía siendo hermoso a sus ojos, porque en verdad su madre no se había ido, estaría ahí en cada tarde soleada, o siempre que mirara las estrellas, o siempre que pensara en caballos; tanto por lo furiosa que se había puesto cuando Zugzwang a sus cinco años le había preguntado cómo se escribía "¡y con "B"! ¿cómo no vas a saberlo?" Probablemente de allí viniera la obsesión de quien escribe con la ortografía. Como por el hecho de que usara la imagen de ese animal tanto para halagar, como para tomar del pelo a Zugzwang, dadas las connotaciones astrológicas que su madre consideraba que tenían para su hija, por haber nacido bajo el signo de Sagitario en el horóscopo occidental y ser yegua de metal en el oriental.
De algún modo siempre escucharía su alegre risa sonar entre el viento en primavera, y cada vez que cometiera alguna torpeza (porque Zugzwang era una muchacha muy torpe), o le dieran sus "delirios de potrilla rebelde", que "hasta tiene crin" (lleva jopo desde los doce años.)
En algún punto, la acompañaría en las largas caminatas que a ambas les gustaba tomar, diciendo tonterías cada dos por tres, justo como Zugzwang, porque a ella le debía su característico buen humor.
Porque cada vez que Zugzwang se lamentaba de nunca más poder abrazarla, o de olvidar el sonido de su voz, encontraba cosas como esto:
Porque al fin y al cabo, en esta vida, habrán lecciones más difíciles o más fáciles, que nos gusten más o nos gusten menos, pero estamos vivos para aprender. Y siempre es posible encontrar cosas que le devuelvan a uno la sonrisa, como un libro titulado: "¿quién se ha llevado mi queso?"
Cuando sólo había pasado una semana de la muerte de mi madre, fui a clase, y me pedí un cappuccino en la cantina. Lo tomé, y me dirigí muy contenta al mostrador a agradecerle a la muchacha que lo hubiera preparado tan bien. Era la primera cosa que me alegraba el día, y eran las cinco de la tarde. Ella, que ya me conoce hace tiempo, me miró con el ceño fruncido, aunque sonriendo a la vez, y me preguntó, extrañada: "¿es que vos nunca tenés un mal día?" Yo me quedé unos instantes sin saber qué responder, porque la verdad era que estaba pasando unos días espantosos, pero no le quería amargar el día a ella contándole, entonces, como sé que mi tono de voz (si no me esfuerzo en contenerlo), es bastante expresivo, me limité a decirle: "tengo unos días espantosos." Y después de meditarlo un rato más, para explicar por qué suelo estar sonriente, agregué: "pero si yo sonrío vos sonreís, y si vos sonreís yo sonrío, y yo creo que eso hace del mundo un lugar mejor." Creo que eso hace del mundo un lugar mejor. Lo creo sinceramente. Está bien extrañar, está bien sentirse mal a veces, pero siempre puede encontrarse algo, por más ínfimo que sea, que a uno lo haga sentir mejor. Así sea el título gracioso de un libro, o salvar a una plantita, o sonreirle a alguien.
El sábado por la mañana también pasé por una galería de arte que me encanta, y vi este cuadro
el domingo garabateando tonterías dibujé un barquito sin pensarlo, y por primera vez en mi vida, lo dibujé amarrado a un muelle en vez de a la deriva. Debe ser algo bueno.






