Registro de Desvaríos

Me gustaría decir que esto es un blog serio, que voy a publicar regularmente en él, o por lo menos que van a leer cosas relativamente coherentes, pero a pesar de mis desvaríos soy lo suficientemente consciente de la realidad como para saber que estaría mintiendo si lo dijera.

jueves, 31 de enero de 2013

Mar

Hace unos días, en un río al atardecer, con la marea alta y el agua a una temperatura agradable, fue que mirando el horizonte, y creyendo que sabía a qué profundidad estaba, avancé más de la cuenta hasta quedar por el cuello. Cuando perdía pie caí en la cuenta, y mirando el agua a mi alrededor, entendí algo. Entendí a qué se debe la comparación que suele hacerse entre el mar y los sentimientos.
Ocurre a menudo, que en ambos ámbitos se suele creer que se tiene control sobre la situación, que es uno o una quien decide hasta dónde va, y hasta qué altura le llega el agua; pero termina por darse cuenta de que no hizo más que dejarse llevar por ese movimiento suave e hipnotizante, casi seductor, del agua, que poco a poco, sin perder el encanto, y fingiendo no pretender hacerlo, nos lleva más profundo, más profundo.
Hasta que se siente el agua a la altura del cuello, y al darse la vuelta y ver la distancia abismal a la que quedó la orilla, se piensa que el mar, así de rítmico y agradable, casi te mata. Si será así, que incluso en esos momentos, cuesta tomar la determinación de salir. El mar es, sin duda, tan peligroso como fascinante, tan engañoso como irresistible.
De ahí la comparación.

Pluma

De vez en cuando, un espíritu que pasó su vida prisionero y logra al fin su libertad, o lucha por ella sin conseguirla, al morir se transforma en pluma.
Son las aves después quienes llevan consigo a esos espíritus que fueron prisioneros a pasear, y es al desprenderse de ellos en pleno vuelo que realmente dejan de serlo.
Es una libertad diferente a la del ave, es una libertad sin dirección, depende de para dónde vaya el viento. Una libertad sin garantías, sin planes a futuro. Una verdadera libertad. A veces una de esas plumas cae al suelo, y aguarda cómodamente allí, a alguien que esté dispuesto a oír su mensaje de libertad y volar con ella.