Llevo mucho más tiempo del que soy capaz de recordar sintiendo una inexplicable obsesión por el agua. De algún modo estudiarla desde el punto de vista químico no me dio la sensación de entenderla más de lo que la entendía a los seis años. Tal vez porque mis preguntas venían por otro lado, o porque no eran preguntas puntuales sino esa sensación de no entender del todo algo, y fascinarse por el misterio que lo envuelve. Lo genial del universo, es que sin importar cuánto empeño uno le ponga, nunca llegará a entender verdaderamente nada, pero cada pequeña cosa que entiende, lo hace a uno buscar entender más. Es como ser un caballo tras una zanahoria. Lo maravilloso es como la zanahoria nunca deja de llamarnos la atención, y es con la excusa de atraparla que la seguimos. Nunca la alcanzaremos, pero el seguirla nos hizo avanzar, y eso está bueno.
Volviendo al agua, nunca ha dejado de maravillarme. Recuerdo que una vez, en mi infancia, llegué de mal humor por haber fracasado incontables veces en mi intento de armar un castillito de arena. Nunca pude. Simplemente, no le pegaba a las proporciones. Así fue que lavé en el patio de casa mi balde rojo y mis moldes. Uno de ellos, era azul y tenía forma de pez. Lo llené con agua y me quedé viéndolo. Lo movía y el líquido se movía, pero sin perder la forma del pez. Me pregunté si el agua sabría que había tomado la forma de algo que vivía en ella, y me reí. Era tan divertido cómo tomaba cualquier forma. Puse agua en el balde, tenía forma de balde, la tiré al pasto, no tenía forma de nada. Recuerdo que en aquel tiempo yo creía que el agua debía de pensar muy rápido qué forma tenía que tomar para poder hacerlo, entonces intentaba cambiarla muy rápido de lugar, a ver si así no le daba el tiempo de pensar qué forma le correspondía y llegaba a confundirla a tal punto que no tomara la forma del recipiente en cuestión, jajaja. Suena ingenuo ahora, pero a mis seis años me parecía de lo más razonable. Me llamaron a almorzar, y como la forma de pez me gustaba tanto, guardé ese molde con agua en la heladera que teníamos en el garaje, para que ni mi hermanito ni la gatita que le había pedido a mis padres que por favor adoptáramos, fueran a derramar el agua.Cuando volví de comer, abrí la heladera y no puedo describir la sorpresa que me llevé cuando vi que ya no se movía. Era rígida. Pero yo ya había visto eso, en los refrescos, ¿era hielo?
Fui corriendo a contarle a alguien y me encontré a mi madre. Le dije con gran emoción: "mamá, el agua fría es hielo." Me acuerdo que me miró con el seño fruncido y destrozó mi ingenua ilusión diciendo: "claro, ¿no sabías?" Y no, yo no sabía, claramente.Y pese a que desde mis seis años ha pasado bastante tiempo, aún siento esa fascinación por el agua. (Por todo en general, pero en particular por el agua.)
Siempre he creído que debe ser genial tener un barco y poder irse por ahí, sin rumbo, a donde el viento te lleve. Ir parando en islas, vivir un tiempo acá, otro allá, ser un espíritu libre que no pertenece a ningún sitio. Cuyos guardianes son el mar, las estrellas, la Luna y el Sol y sus amigos los seres vivos que conoce en su viaje.Debe ser muy emocionante estar navegando, en un perfecto atardecer como el de la foto, y ver que se llega a una isla, bajar las velas (asumiendo que se tenga un velero, algo que sería fascinante), y dejar que la corriente la lleve a una a la orilla, mientras recostándose sobre la proa se observa el propio reflejo en el mar y se piensa en las tormentas que se fue capaz de atravesar antes de llegar a ese sitio. Y es esa idea la que originalmente inspiró la entrada y en la que medito todas las mañanas cuando paso junto a un arroyo en mi ruta diaria: el reflejo.¿A qué viene ese encanto casi mágico que se siente al observar ese reflejo perfecto que puede apreciarse al contemplar una superficie acuosa? Eso sí que es fantástico. Porque lo intrigante del agua es el no saber lo que oculta en su profundidad. A veces se la ve calma, otras veces furiosa, pero nunca se alcanza a ver todo lo que contiene (excepto que nos encontremos en el Caribe, pero eso arruinaría mi línea de pensamiento, así que descartemos esa evidencia en mi contra, al menos por el momento.)
Siempre me ha dado la impresión de que el agua y la mente tienen mucho en común: ambas son capaces de adaptarse a situaciones de lo más dispares, y ambas tienen una profundidad que desconocemos. Creo que la mente es como un mar, que a veces está calmo, otras veces lo sacuden tormentas, y es sólo en estas situaciones en las que se puede ver lo que ambas llevan dentro. Se ve lo que la mente lleva dentro porque son las situaciones límite las que sacan lo peor y lo mejor de nosotros a relucir, y se ve lo que el mar lleva dentro porque después de una tormenta puede observarse en la zona de resaca todo lo que de él ha salido.
Por eso las tormentas son algo positivo, porque nos hacen ver lo que llevamos dentro. Es la única forma de ver algo que en otra situación estaría sumergido en la oscuridad más profunda, ¿y qué hacemos en la vida nosotros sino eso mismo? Buscar en la profundidad de nuestras mentes lo que somos, buscar en la profundidad del universo lo que es. Desde esa óptica, las tormentas nos dan siempre una mano. No se puede sacar algo del interior sin padecer en el proceso, pero es positivo haberlo hecho, sería algo así como vomitar. Creo que esta última imagen arruinó toda la entrada, pero es verdad.



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