De pronto se paró en seco. No supo por qué. Algo la había sacado de su ensimismamiento. Se preguntó qué habría sido.
Se percató de que la música que estaba oyendo en su mp3 era una sinfonía de Beethoven, y de la presencia de dos jóvenes en el zaguán de una antigua casa que conversaban. El cielo estaba celeste, la gente caminaba por allí. Nada parecía fuera de lo normal. Nada parecía digno de haberla sacado de sus pensamientos. Volviendo a pensar en la fábrica de pastas, giró sobre su propio eje, y de pronto lo entendió. Acababa de percatarse de que se había detenido enfrente a una casa antigua, y se quedó viendo el número de la puerta. ¿Por qué no podía dejar de mirarlo? "219", "219", pensó para sus adentros.
Lo recordó. Había estado allí antes, claro que sí. Era la casa donde su tía abuela solía vivir. Aquella casa grande, fría, oscura y antigua, a la que tanto detestaba ella acudir en su infancia. De pronto podía verse a sí misma de niña, junto a su madre, que tocaba el timbre al tiempo que le decía "es sólo un ratito." Pero ella sabía que ese "ratito" se extendería hasta la hora en que su padre saliera del trabajo y los pasara a buscar en el auto.
Recordaba haber permanecido horas allí, mirando el reloj, aburrida, pensando. Recordaba los canarios que su tío abuelo tenía enjaulados y la angustia que sentía al verlos. Había planeado liberarlos una vez, pero había fallado.
Ahora estaba allí enfrente. A centímetros del timbre. El lugar era el mismo, ella era la misma, pero no había ya nada que la vinculara a ese sitio. Pensó que en cualquier momento podía salir alguien de la casa. Ella lo vería como el extraño que ocupaba la casa de su tía abuela, él la vería como una chiflada parada frente a su puerta sin razón alguna.
Intentó recordar la última vez que había cruzado alguna de esas dos puertas. Lo cierto es que uno no suele recordar la última vez que cruzó una puerta, ni la última vez que besó a alguien, ni la última vez que habló con una persona, por una razón muy simple: el hecho fue llevado a cabo sin prestar atención, sin sospechar que esa era la última vez. En consecuencia, se lo tomó como algo cotidiano, y uno suele olvidar las cosas cotidianas.
Sólo consiguió recordar la edad aproximada que tendría en aquel entonces. Pensó en cuánto había acontecido, y se dijo que el futuro no había sido lo que ella sospechaba que sería. Le pareció curioso pensar en un "futuro pasado". "El futuro no fue como yo pensaba", se repitió, para recordarlo. Cierto era que, si bien el futuro la asustaba, y seguía sin saber dónde estaba parada, la asustaba menos, y estaba menos perdida, que en ese entonces. Algunas respuestas había encontrado.
Permaneció unos minutos más ahí. Siempre la embargaba una impresión profunda cuando volvía a un lugar al que hacía años no acudía. Más aún cuando lo hacía sin ser consciente de ello, como era el caso.
Se sintió de 5,10,20,30 y 40 años al mismo tiempo. Como si todas sus "yo" que habían estado en ese lugar, la que estaba en ese momento, y las que probablemente fueran a pasar caminando por esa calle alguna vez estuvieran en ese preciso instante ahí.
Dejaba de sentirse fragmentada, toda su vida se concentraba en el momento.
Empezó a sentirse mal y tuvo que apartar la vista de la puerta, entonces vislumbró, a media cuadra de distancia, a la fábrica de pastas.

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