Llevaba dos días soñando que encontraba animales abandonados y heridos. Hoy no fui a estudiar. No me sentía bien. Pensé en ir a buscar a mi madre al trabajo, pero me quedé dormida. Cuando ella llegó me dijo "¿a qué no sabés lo que dejaron hoy en el trabajo?". Yo sabía. Me dijo que sí, habían dejado una caja con tres gatitos casi a la hora de cerrar. Su compañero de trabajo había sacado la caja a la calle y la había dejado adentro del contenedor de basura. Ella había retirado la caja del contenedor y la había dejado al costado, para que alguien que pasara por allí los adoptara. Dijo que no los había traído porque temía que la gata que ya vive con nosotros pudiera lastimarlos por celos. Yo le respondí que esas cosas están fuera de discusión y salí a buscarlos. Tenía todo planeado, iba a pasar por el supermercado a comprarles comida, le iba a explicar a "mi" gata que eran unos hermanitos que iban a estar con nosotras un tiempo hasta encontrarles casa, los iba a poner entre mantas e iba a contactar a cuanto conocido tuviera relatándole la situación. Fui lo más rápido que pude y cuando llegué la caja no estaba junto al tacho de basura. En un inicio pensé que tal vez alguien los hubiera adoptado ya, pero un mal presentimiento me llevó a mirar adentro. La caja estaba vacía. Me quedé allí observando en derredor, pensando a quién podría preguntarle al respecto. Una mujer que fue a tirar la basura me miró de arriba a abajo con el ceño fruncido, pensando probablemente, qué hacía yo revolviendo ahí. Se me acercó entonces un amigo que es indigente. Antes solíamos jugar juntos al dominó, ahora llevaba tiempo sin verlo. Me preguntó, con su tono de siempre "¿qué se te perdió, amiga? ¿qué hacés acá a esta hora?" Le expliqué que mi madre me había dicho que habían tres gatitos ahí y que yo quería buscarles alguien que los adoptara. Me respondió que recién, mientras revolvía la basura, los había encontrado muertos. Yo me quedé dura, y él los buscó. Encontró uno. "¿Ves? lo lastimaron." Yo seguía sin poder pronunciar palabra y él añadió: "capaz que mientras la caja estaba afuera del contenedor alguien los atropelló, porque ahí paran autos." Pero la caja estaba intacta, y el gato no se veía atropellado. Alguien le había hecho daño. Me enferma pensar que pertenezco a una especie capaz de semejantes atrocidades. No es justo.
Yo seguía ahí parada y él me dijo: "¿no me convidás con maníes?" Yo me sonreí, llevaba un paquete de maníes en el bolsillo externo de mi mochila. Le respondí que obvio que sí, que se los regalaba, pero noté que las palabras se me trancaban. De todo lo que pensaba respecto a lo ocurrido, sólo fui capaz de pronunciar "qué horrible." Me odio a mí misma es esas situaciones. Siempre que tengo sentimientos o pensamientos muy fuertes o profundos por algo soy incapaz de ponerlos en palabras. Pero qué podía decirle a él, que vive en la calle. Yo puedo adoptar un gato, pero no una persona. Eso también me hizo sentir mal conmigo misma. Pensé que yo iba a poder llegar a mi casa y sacarme la campera, pero él no. Él iba a tener que pasar la noche con esa campera puesta. Después de mi comentario carente de elocuencia, se produjo un largo silencio, durante el que yo, seguía con la mirada en el contenedor sin estar mirando realmente y él comía maníes. Hasta que me interrumpió diciendo: "la van a pasar mejor arriba que acá", mientras miraba el cielo. Hoy hace una noche nublada en la que apenas puede distinguirse alguna estrella solitaria. Él hacía alusión evidentemente a la vida después de la muerte. Yo no creo en un cielo, pero creo que estar vivo duele demasiado, y que la pérdida de sensibilidad de la muerte será un alivio.
"Yo no puedo hacer nada" me dijo, al ver que yo seguía ahí parada sin moverme, sin hablar, sin quejarme, sin hacer nada, sólo estar ahí. Pensé que yo le habría dado pena y me reí de mí misma. Me veo muy miserable cuando me entristezco. Nos despedimos y me volví caminando a mi casa.
Recordé a mi profesor de ética. Él solía decir que la libertad humana es limitada, y ponía para explicarse el mismo ejemplo que ponía el libro con el que se suponía siguiéramos el curso. "Si uno va al club a hacer natación, no está en su casa estudiando." Si uno se queda dormido en su casa, no salva las vidas de tres gatitos.
Si hubiera ido en el momento adecuado, esto sería una publicación con la foto de los tres gatitos rozagantes, buscando alguien que los adoptara y los quisiera, una publicación llena de vida, en cambio, es esta catarsis estúpida y sin sentido. Ni siquiera soy capaz de salvar a tres cachorros. Al fin y al cabo, yo tampoco sirvo de nada. Qué especie de mierda somos. Un@s matan, otr@s no llegamos a tiempo para evitarlo.
Quise encontrar el capítulo "Libertad" del libro para incluirlo en la entrada, pero no lo conservo entre mis archivos y no lo hallé disponible en google. Habían muchos conceptos en los que yo no concordaba ni concordaré nunca con la visión del autor, pero este capítulo en particular era genial.
Registro de Desvaríos
Me gustaría decir que esto es un blog serio, que voy a publicar regularmente en él, o por lo menos que van a leer cosas relativamente coherentes, pero a pesar de mis desvaríos soy lo suficientemente consciente de la realidad como para saber que estaría mintiendo si lo dijera.
jueves, 31 de mayo de 2012
domingo, 13 de mayo de 2012
La fábrica de pastas
Caminaba buscando una fábrica de pastas. No sabía a ciencia cierta la ubicación, pero sabía que se encontraba cerca. Bastaron unos segundos para que eso dejara de preocuparle y comenzara a caminar sin rumbo, del modo que solía hacerlo, con la mente en otra parte.
De pronto se paró en seco. No supo por qué. Algo la había sacado de su ensimismamiento. Se preguntó qué habría sido.
Se percató de que la música que estaba oyendo en su mp3 era una sinfonía de Beethoven, y de la presencia de dos jóvenes en el zaguán de una antigua casa que conversaban. El cielo estaba celeste, la gente caminaba por allí. Nada parecía fuera de lo normal. Nada parecía digno de haberla sacado de sus pensamientos. Volviendo a pensar en la fábrica de pastas, giró sobre su propio eje, y de pronto lo entendió. Acababa de percatarse de que se había detenido enfrente a una casa antigua, y se quedó viendo el número de la puerta. ¿Por qué no podía dejar de mirarlo? "219", "219", pensó para sus adentros.
Lo recordó. Había estado allí antes, claro que sí. Era la casa donde su tía abuela solía vivir. Aquella casa grande, fría, oscura y antigua, a la que tanto detestaba ella acudir en su infancia. De pronto podía verse a sí misma de niña, junto a su madre, que tocaba el timbre al tiempo que le decía "es sólo un ratito." Pero ella sabía que ese "ratito" se extendería hasta la hora en que su padre saliera del trabajo y los pasara a buscar en el auto.
Recordaba haber permanecido horas allí, mirando el reloj, aburrida, pensando. Recordaba los canarios que su tío abuelo tenía enjaulados y la angustia que sentía al verlos. Había planeado liberarlos una vez, pero había fallado.
Ahora estaba allí enfrente. A centímetros del timbre. El lugar era el mismo, ella era la misma, pero no había ya nada que la vinculara a ese sitio. Pensó que en cualquier momento podía salir alguien de la casa. Ella lo vería como el extraño que ocupaba la casa de su tía abuela, él la vería como una chiflada parada frente a su puerta sin razón alguna.
Miró la puerta de al lado "217", también conocía esa casa. Había vivido allí un amigo de sus padres. Volvieron a su recuerdo ambos, él y su tía. Hacía tiempo que no se le pasaban por la cabeza. No era mucha gente la que habitaba en su mente, la verdad sea dicha. Vinieron a su memoria también su tío abuelo y la esposa del hombre del "217", ambos muertos.
Intentó recordar la última vez que había cruzado alguna de esas dos puertas. Lo cierto es que uno no suele recordar la última vez que cruzó una puerta, ni la última vez que besó a alguien, ni la última vez que habló con una persona, por una razón muy simple: el hecho fue llevado a cabo sin prestar atención, sin sospechar que esa era la última vez. En consecuencia, se lo tomó como algo cotidiano, y uno suele olvidar las cosas cotidianas.
Sólo consiguió recordar la edad aproximada que tendría en aquel entonces. Pensó en cuánto había acontecido, y se dijo que el futuro no había sido lo que ella sospechaba que sería. Le pareció curioso pensar en un "futuro pasado". "El futuro no fue como yo pensaba", se repitió, para recordarlo. Cierto era que, si bien el futuro la asustaba, y seguía sin saber dónde estaba parada, la asustaba menos, y estaba menos perdida, que en ese entonces. Algunas respuestas había encontrado.
Permaneció unos minutos más ahí. Siempre la embargaba una impresión profunda cuando volvía a un lugar al que hacía años no acudía. Más aún cuando lo hacía sin ser consciente de ello, como era el caso.
Se sintió de 5,10,20,30 y 40 años al mismo tiempo. Como si todas sus "yo" que habían estado en ese lugar, la que estaba en ese momento, y las que probablemente fueran a pasar caminando por esa calle alguna vez estuvieran en ese preciso instante ahí.
Dejaba de sentirse fragmentada, toda su vida se concentraba en el momento.
Empezó a sentirse mal y tuvo que apartar la vista de la puerta, entonces vislumbró, a media cuadra de distancia, a la fábrica de pastas.
De pronto se paró en seco. No supo por qué. Algo la había sacado de su ensimismamiento. Se preguntó qué habría sido.
Se percató de que la música que estaba oyendo en su mp3 era una sinfonía de Beethoven, y de la presencia de dos jóvenes en el zaguán de una antigua casa que conversaban. El cielo estaba celeste, la gente caminaba por allí. Nada parecía fuera de lo normal. Nada parecía digno de haberla sacado de sus pensamientos. Volviendo a pensar en la fábrica de pastas, giró sobre su propio eje, y de pronto lo entendió. Acababa de percatarse de que se había detenido enfrente a una casa antigua, y se quedó viendo el número de la puerta. ¿Por qué no podía dejar de mirarlo? "219", "219", pensó para sus adentros.
Lo recordó. Había estado allí antes, claro que sí. Era la casa donde su tía abuela solía vivir. Aquella casa grande, fría, oscura y antigua, a la que tanto detestaba ella acudir en su infancia. De pronto podía verse a sí misma de niña, junto a su madre, que tocaba el timbre al tiempo que le decía "es sólo un ratito." Pero ella sabía que ese "ratito" se extendería hasta la hora en que su padre saliera del trabajo y los pasara a buscar en el auto.
Recordaba haber permanecido horas allí, mirando el reloj, aburrida, pensando. Recordaba los canarios que su tío abuelo tenía enjaulados y la angustia que sentía al verlos. Había planeado liberarlos una vez, pero había fallado.
Ahora estaba allí enfrente. A centímetros del timbre. El lugar era el mismo, ella era la misma, pero no había ya nada que la vinculara a ese sitio. Pensó que en cualquier momento podía salir alguien de la casa. Ella lo vería como el extraño que ocupaba la casa de su tía abuela, él la vería como una chiflada parada frente a su puerta sin razón alguna.
Intentó recordar la última vez que había cruzado alguna de esas dos puertas. Lo cierto es que uno no suele recordar la última vez que cruzó una puerta, ni la última vez que besó a alguien, ni la última vez que habló con una persona, por una razón muy simple: el hecho fue llevado a cabo sin prestar atención, sin sospechar que esa era la última vez. En consecuencia, se lo tomó como algo cotidiano, y uno suele olvidar las cosas cotidianas.
Sólo consiguió recordar la edad aproximada que tendría en aquel entonces. Pensó en cuánto había acontecido, y se dijo que el futuro no había sido lo que ella sospechaba que sería. Le pareció curioso pensar en un "futuro pasado". "El futuro no fue como yo pensaba", se repitió, para recordarlo. Cierto era que, si bien el futuro la asustaba, y seguía sin saber dónde estaba parada, la asustaba menos, y estaba menos perdida, que en ese entonces. Algunas respuestas había encontrado.
Permaneció unos minutos más ahí. Siempre la embargaba una impresión profunda cuando volvía a un lugar al que hacía años no acudía. Más aún cuando lo hacía sin ser consciente de ello, como era el caso.
Se sintió de 5,10,20,30 y 40 años al mismo tiempo. Como si todas sus "yo" que habían estado en ese lugar, la que estaba en ese momento, y las que probablemente fueran a pasar caminando por esa calle alguna vez estuvieran en ese preciso instante ahí.
Dejaba de sentirse fragmentada, toda su vida se concentraba en el momento.
Empezó a sentirse mal y tuvo que apartar la vista de la puerta, entonces vislumbró, a media cuadra de distancia, a la fábrica de pastas.
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