Contemplando el atardecer, me puse a pensar, qué lata que es todo. Qué lata que es el amor. El amor en general, no sólo el romántico, sino el tener sentimientos hacia otros seres vivos. Porque lo cierto es que si bien todos estamos solos, siempre lo hemos estado y siempre lo estaremos, de vez en cuando se encuentra uno en la vida con seres con los que le agrada pasar el tiempo.
Cuántas veces se sorprende uno pensando hasta cuándo durará un vínculo que le agrada, para luego decirse a sí mismo que no es sano ver las cosas de ese modo.
Pensé que tal vez lo molesto fuera el hecho de que los lazos afectivos son efímeros. Pero entonces miré el atardecer. El atardecer también lo es (al igual que todo en la vida.) Uno sabe que el sol va a ocultarse, pero ¿por qué no nos molesta saber que eso va a ocurrir pero sí nos molesta pensar en separarnos eventualmente de ciertos seres? Creo haber hallado la respuesta. El atardecer cuenta con una certeza, que al otro día va a haber otro. Todos sabemos que nos quedan 4 millones de años en los que cada día veremos un amanecer y un atardecer. Puede que uno muera mañana, y el atardecer visto hoy haya sido el último de su vida, pero eso no importa, porque la pregunta no es ¿cuánto tiempo de vida me queda? La preocupación no está en la propia existencia sino en tener la certeza de que lo que se ama permanecerá, en este caso, el atardecer. Claro que es una permanencia engañosa, porque no hay dos atardeceres iguales, del mismo modo que uno no se encontrará en la vida con dos amistades iguales, dos parejas iguales. El aspecto de cada atardecer dependerá de las condiciones atmosféricas. Uno sabe que el tiempo que pase con cada ser que se encuentre, dure unos minutos o veinte años, será en realidad como un día. Lo encontrará al amanecer, con gran sorpresa, y para cuando el sol caiga, será el momento de despedirse. Uno se quedará en compañía de la Luna, el tiempo que sea necesario. Porque durante el día, se puede apreciar el movimiento del sol. Se sabe cuánto tiempo queda. Se puede estar al mediodía junto a alguien e intentar imaginar cómo será el atardecer, pero en ese caso se cometerá el grave error de no disfrutar del cénit. Sin embargo uno lo hace. No siempre se valora el tiempo que se pasa con alguien minuto a minuto, porque muchas veces la idea del atardecer nos preocupa demasiado.
Cuando un día termina y uno siente que queda solo, siempre está la Luna por allí, para acompañarnos el tiempo que sea necesario. Pues durante la noche, se pierde la percepción del tiempo. A veces uno olvida que un nuevo día espera. La noche nos da una falsa idea de permanencia, de estasis, de falta de movimiento, de eternidad. Esa eternidad que uno deseaba al atardecer, cuando veía que su estrella se marchaba. Pero a la vez, el permanecer en la noche mucho tiempo, hace que uno se percate de algo: si todo fuera para siempre, no lo valoraríamos. Es el saber que no se estará para siempre con alguien lo que hace que uno lo quiera más. De lo contrario, la vida sería aburridísima. Aunque tal vez no sería tan malo. Dependerá de cómo se lo mire.
Pues lo cierto es que cuando a uno el día se le pasa volando, contempla el atardecer con añoranza, pensando que ojalá todos los días fueran así. Despide a su amigo entre luces de fuertes colores, y se queda allí, con su recuerdo. El resplandor del sol, permanece aún cuando ya se ha marchado. El sol se ocultó a las ocho y treinta y pico. A pesar de las nubes, uno puede percibir, que el tiempo transcurrido entre el momento en que percibimos que el sol está sobre el horizonte y el momento en que lo vemos desaparecer de nuestro campo visual es ínfimo en comparación al tiempo que dura su luz. Hasta las nueve y diez fue apreciable un resplandor amarillento. Así y todo me quedé hasta nueve y veinticinco. Cuando uno observa algo durante mucho tiempo, le da la impresión de que eso sigue estando allí aunque no sea verdad. Cualquier persona hubiera dicho que el cielo estaba azul, pero yo seguía viendo un resplandor amarillo. La forma de las nubes recordaba a la de una galaxia, y al rato noté que, a excepción de dos pescadores que alcanzaba a distinguir a lo lejos, estaba sola. Igual que siempre.
Nadie se queda a contemplar el último resplandor.
Llega ese momento en que hay que aceptar que un día terminó, que ya no hay resplandor amarillo, y nos quedamos en compañía de nuestra amiga la Luna, que siempre está ahí, para hacernos sentir mejor. Excepto hoy, una noche sin Luna. Aunque todos sabemos que ahí está, a pesar de que no la veamos.
Hay que aceptar que un día acabó, y disponerse a iniciar uno nuevo, por más que el saber que volveremos a estar solos en la noche, en ocasiones nos haga desear permanecer por siempre en ella.


No hay comentarios:
Publicar un comentario