Registro de Desvaríos

Me gustaría decir que esto es un blog serio, que voy a publicar regularmente en él, o por lo menos que van a leer cosas relativamente coherentes, pero a pesar de mis desvaríos soy lo suficientemente consciente de la realidad como para saber que estaría mintiendo si lo dijera.

domingo, 26 de febrero de 2012

CUENTOS DE LA SELVA

Lo prometido es deuda. Como soy mujer de palabra, hice lo que me propuse hace dos semanas: volví a la Feria de Tristán Narvaja a buscar el libro de la dedicatoria.
Dado que tengo memoria visual, no tardé en dar con el puesto en que lo había encontrado anteriormente. Busqué en el sector exacto de aquella vez, pero no estaba. Pensé si no me habría equivocado de lugar. Miré alrededor, estaba segura de que era allí. Me aproximé al vendedor. Le expliqué que hacía dos semanas yo recordaba haber encontrado allí un ejemplar de "Cuentos de la selva" de Horacio Quiroga de editorial Losada, pero que en el lugar donde yo lo había visto, ahora había un cartel que rezaba "TEATRO". El hombre buscó en otro sector "¿es éste?". Y era. Era ese. Me sorprendió que no lo hubieran comprado. Acá está la dedicatoria:


viernes, 24 de febrero de 2012

Noche

Contemplando el atardecer, me puse a pensar, qué lata que es todo. Qué lata que es el amor. El amor en general, no sólo el romántico, sino el tener sentimientos hacia otros seres vivos. Porque lo cierto es que si bien todos estamos solos, siempre lo hemos estado y siempre lo estaremos, de vez en cuando se encuentra uno en la vida con seres con los que le agrada pasar el tiempo.
Cuántas veces se sorprende uno pensando hasta cuándo durará un vínculo que le agrada, para luego decirse a sí mismo que no es sano ver las cosas de ese modo.
Pensé que tal vez lo molesto fuera el hecho de que los lazos afectivos son efímeros. Pero entonces miré el atardecer. El atardecer también lo es (al igual que todo en la vida.)  Uno sabe que el sol va a ocultarse, pero ¿por qué no nos molesta saber que eso va a ocurrir pero sí nos molesta pensar en separarnos eventualmente de ciertos seres? Creo haber hallado la respuesta. El atardecer cuenta con una certeza, que al otro día va a haber otro. Todos sabemos que nos quedan 4 millones de años en los que cada día veremos un amanecer y un atardecer. Puede que uno muera mañana, y el atardecer visto hoy haya sido el último de su vida, pero eso no importa, porque la pregunta no es ¿cuánto tiempo de vida me queda? La preocupación no está en la propia existencia sino en tener la certeza de que lo que se ama permanecerá, en este caso, el atardecer. Claro que es una permanencia engañosa, porque no hay dos atardeceres iguales, del mismo modo que uno no se encontrará en la vida con dos amistades iguales, dos parejas iguales. El aspecto de cada atardecer dependerá de las condiciones atmosféricas. Uno sabe que el tiempo que pase con cada ser que se encuentre, dure unos minutos o veinte años, será en realidad como un día. Lo encontrará al amanecer, con gran sorpresa, y para cuando el sol caiga, será el momento de despedirse. Uno se quedará en compañía de la Luna, el tiempo que sea necesario. Porque durante el día, se puede apreciar el movimiento del sol. Se sabe cuánto tiempo queda. Se puede estar al mediodía junto a alguien e intentar imaginar cómo será el atardecer, pero en ese caso se cometerá el grave error de no disfrutar del cénit. Sin embargo uno lo hace. No siempre se valora el tiempo que se pasa con alguien minuto a minuto, porque muchas  veces la idea del atardecer nos preocupa demasiado.

Cuando un día termina y uno siente que queda solo, siempre está la Luna por allí, para acompañarnos el tiempo que sea necesario. Pues durante la noche, se pierde la percepción del tiempo. A veces uno olvida que un nuevo día espera. La noche nos da una falsa idea de permanencia, de estasis, de falta de movimiento, de eternidad. Esa eternidad que uno deseaba al atardecer, cuando veía que su estrella se marchaba. Pero a la vez, el permanecer en la noche mucho tiempo, hace que uno se percate de algo: si todo fuera para siempre, no lo valoraríamos. Es el saber que no se estará para siempre con alguien lo que hace que uno lo quiera más. De lo contrario, la vida sería aburridísima. Aunque tal vez no sería tan malo. Dependerá de cómo se lo mire.
Pues lo cierto es que cuando a uno el día se le pasa volando, contempla el atardecer con añoranza, pensando que ojalá todos los días fueran así. Despide a su amigo entre luces de fuertes colores, y se queda allí, con su recuerdo. El resplandor del sol, permanece aún cuando ya se ha marchado. El sol se ocultó a las ocho y treinta y pico. A pesar de las nubes, uno puede percibir, que el tiempo transcurrido entre el momento en que percibimos que el sol está sobre el horizonte y el momento en que lo vemos desaparecer de nuestro campo visual es ínfimo en comparación al tiempo que dura su luz. Hasta las nueve y diez fue apreciable un resplandor amarillento. Así y todo me quedé hasta nueve y veinticinco. Cuando uno observa algo durante mucho tiempo, le da la impresión de que eso sigue estando allí aunque no sea verdad. Cualquier persona hubiera dicho que el cielo estaba azul, pero yo seguía viendo un resplandor amarillo. La forma de las nubes recordaba a la de una galaxia, y al rato noté que, a excepción de dos pescadores que alcanzaba a distinguir a lo lejos, estaba sola. Igual que siempre.
Nadie se queda a contemplar el último resplandor.
Llega ese momento en que hay que aceptar que un día terminó, que ya no hay resplandor amarillo, y nos quedamos en compañía de nuestra amiga la Luna, que siempre está ahí, para hacernos sentir mejor. Excepto hoy, una noche sin Luna. Aunque todos sabemos que ahí está, a pesar de que no la veamos.
Hay que aceptar que un día acabó, y disponerse a iniciar uno nuevo, por más que el saber que volveremos a estar solos en la noche, en ocasiones nos haga desear permanecer por siempre en ella.

domingo, 12 de febrero de 2012

Dedicatoria.

Es curioso las reflexiones a las cuales algo aparentemente mundano pueden llevarla a una. En la feria había un libro a la venta. Una edición vieja de "Cuentos de la selva" de Horacio Quiroga. Llevaba una extensa y hermosa dedicatoria que databa de 1960 de un padre a su hijo. Por lo visto el hijo lo había vendido, o el hijo había muerto y los hijos de ese hijo lo habían vendido; o el hijo murió sin dejar descendencia y sus pertenencias fueron vendidas por parientes lejanos. Es tan divertido ponerse a imaginar la historia que ese libro puede haber tenido. Quiroga nunca podría haberlo imaginado. Somos incapaces de conocer el alcance de nuestras acciones.
Ese libro fue escrito, editado, impreso, comprado por un hombre, que lo dedicó a su hijo, leído a ese niño por su abuelo, y luego de algún modo fue a parar a la feria, 52 años después de que la dedicatoria fuera escrita por ese hombre. Tal vez la había escrito una noche sólo en su casa. Tal vez una mañana desayunando junto a la madre del niño, antes de que la criatura despertara. Tal vez haya sido un regalo de cumpleaños. Tal vez haya sido uno de esos regalos sin propósito específico que los padres o los amigos a veces hacen, simplemente porque no pudieron evitar pensar en uno al ver el objeto y nos lo compraron felices, convencidos de que sería de nuestro agrado. Tal vez fuera viudo. Tal vez le compró el libro a su hijo porque a él se lo leían de niño. Después de todo, "Cuentos de la selva" fue publicado en 1918. Luego de ese día en que escribió de su puño y letra la dedicatoria, transucrrieron 52 años. Vaya a saber una qué aconteció en ese intervalo de tiempo. Pudo haber estado en una caja muchos años, pudo haber pasado de mano en mano. Pudo ser que el hijo prestara el libro a un amigo que nunca se lo devolvió y después de años de no verse ese amigo lo haya vendido. Pudo haber pasado cualquier cosa, pero lo cierto es que ese hombre que escribió la dedicatoria, de algún modo estaba ahí hoy, 12 de febrero de 2012. De algún modo el hijo y el abuelo del niño también forman parte del libro. Así como evidentemente su escritor, y todos los que se detuvieron a leerlo. Es esa carga histórica la que añade valor a las cosas. Cosas que curiosamente, suelen ser notoriamente más baratas que las impersonales. Lo hubiera comprado, sólo para ser de alguna manera parte de esa historia, y tener una dedicatoria tan hermosa, aunque no esté dirigida a mí. Eso me hace a mí impersonal, una simple espectadora que observa todo, sin pretender involucrarse, por pura cobardía, aunque en realidad está involucrada, porque no es todo lo etérea y fantasmal que le gusta pensar. Porque es un humano real, aunque tenga que repetírselo todos los días frente al espejo mientras se lava los dientes porque olvida que está viva, porque olvida que pertenece a esta realidad. Esa realidad en la que le cuesta tanto permenecer.
Pero va a hacer algo. La próxima semana va a volver. Por si el cuento sigue estando. Si no está, alguien más lo habrá comprado; de lo contrario, ella se encargará de mantener de algún modo vivo a aquel hombre que un día de 1960 dedicó un libro a su querido hijo.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Piezas

Organizando libros en la biblioteca de mi casa, encontré fotografías viejas. Muchas de las cuales yo no recordaba. Me sorprendió hallar algunas de cuando estaba en jardinera, y fuimos con mis compañeritos de paseo.
Una de ellas es un fiel retrato de mi carácter. Nos tomaron dos fotos al grupo completo. En la primera todos estamos mirando a la cámara, si bien yo estoy de costado, por algún motivo que no recuerdo. En la otra, nos tomaron la fotografía sin avisarnos por lo visto, porque todo el mundo estaba haciendo algo distinto. Unos reían, otros conversaban entre ellos, yo estaba algo distanciada, seria, con la vista fija en algo que tenía en mi mano, posiblemente pasto. Sumida en mis pensamientos, aislada de los demás. Como siempre.
El otro día una amiga me comentó que una conocida en común que tenemos tiende a aislarse. Yo le dije que yo hacía lo mismo, y me respondió que eran aislamientos diferentes. El aislamiento de nuestra conocida era más bien "clasista", algo del estilo: "no me llegan a los talones, ¿para qué me voy a juntar con ellos?" mientras que el mío era: "¿para qué me voy a gastar en acercarme o dejar que se me acerque la gente, si de todos modos no me entienden?". En otras palabras, que mi actitud era producto de sentirme constantemente como sapo de otro pozo. Eso siempre ha sido así en realidad, y no creo que algún día cambie.
Recordé que cuando yo tenía cinco años, a veces me leían cuentos de hadas. Yo le pedía a mi padre que no lo hiciera, porque me parecían estúpidos. Nunca me pareció creíble el "vivieron felices y comieron perdices". Además, la verdad sea dicha, a la protagonista le faltaba carácter, el príncipe azul es un incompetente, y los malos son todavía más incompetentes porque la protagonista y el príncipe los vencen. Desde ese entonces tenía la teoría de que una no puede esperar que nadie haga las cosas por una, hay que saber valerse por sí misma. ¿Te quedaste atrapada en una torre? No esperes que te crezca el pelo para que alguien trepe por él, cortátelo, atalo a las patas de la cama, y junto con sábanas y cortinas, usalos para bajar de ahí.
Como tengo espíritu científico, quise probar si valía la pena actuar como las protagonistas de esos cuentos, y pensé en una forma. Yo tenía dos amigos en toda la escuela, un amigo y una amiga. Mi amigo era el que iba a colaborar conmigo en mi experimento, aunque él no estaba al tanto.
Le dije que jugáramos a que yo estaba atrapada arriba del tobogán (tobogán = torre) y él tenía que subir a rescatarme, trepando por él (no por mi pelo obviamente.)
Mi pobre amiguito se empeñó en la empresa, pero demoraba tanto como el príncipe de los cuentos. Me di cuenta de que eso no era para mí, yo no tenía paciencia para esperar a que vinieran en mi auxilio, no era tan pasiva. Finalmente, salí yo sola del tobogán, y así he hecho con todo en mi vida.
Armando un mueble con ayuda del manual, noté que las piezas estaban numeradas. Las piezas que venían en parejas llevaban el mismo número. Cuando llegué a la pieza que llevaba por número mi fecha de cumpleaños noté que estaba sola.
No todas las piezas vienen de a dos.