Registro de Desvaríos

Me gustaría decir que esto es un blog serio, que voy a publicar regularmente en él, o por lo menos que van a leer cosas relativamente coherentes, pero a pesar de mis desvaríos soy lo suficientemente consciente de la realidad como para saber que estaría mintiendo si lo dijera.

jueves, 20 de diciembre de 2012

"Vamo' arriba"

Conozco a alguien, que cuando las cosas van mal, se dice en voz alta: "vamo' arriba". Yo siempre estoy sin estar,  soy sigilosa y tranquila,  por lo que los seres vivos en general,  incluidos los de nuestra especie (asumo que quien esté interpretando estos símbolos será un humano, que podría estarle leyendo, (y me encantaría que lo hiciera), a otros seres que no entiendan estos garabatos,  pero en cualquier caso,  sólo alguien que  comprenda español y sepa leer podrá oficiarles de traductor; necesitamos lograr una forma de comunicación menos especista que esta.) Hice un paréntesis tan extenso para explicar algo tan evidente,  que voy a tener que hacer la frase de nuevo. Venía diciendo que soy tan sigilosa y tranquila,  que los seres vivos captan que soy tan amenazante como un bate de béisbol hecho de polifón y no suelen estar demasiado a la defensiva conmigo. Y todos sabemos que cuando a uno no le genera desconfianza alguien,  se comporta en presencia de esa persona como si estuviera solo. Eso constituye un deleite para mí,  que amo observar el comportamiento. Encuentro muy importante hacerlo, porque sólo prestando la sufiente atención puede uno llegar a ponerse en los zapatos de alguien más;  llegar a ver,  aunque sea un poco, a través de los ojos de otros seres,  porque esa es la idea: entendernos mutuamente. Este hobbie mío me ha enseñado que para que uno se diga a sí mismo: "vamo' arriba",  las cosas tienen que estar difíciles. Es de gente fuerte hacer eso,  gente que se ha encontrado en soledad frente a situaciones que habrían desestabilizado a más de uno,  pero que no teniendo más opción, apretaron los puños y siguieron. Porque el miedo paraliza, pero paralizarse no es una opción. La vida es "zugzwang",  estamos obligados a mover.
Mi enorme admiración para aquellos que en medio de la desolación,  y al ver que están solos frente a algo más grande que ellos, respiran hondo, se dicen "vamo' arriba", y emprenden la lucha constante que implica existir.

NOTA:  en la lámina sólo verán lo mismo que yo veo si tienen una psiquis transtornada de forma similar,  porque todos lo estamos,  pero de diferentes modos.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Agua


Llevo mucho más tiempo del que soy capaz de recordar sintiendo una inexplicable obsesión por el agua. De algún modo estudiarla desde el punto de vista químico no me dio la sensación de entenderla más de lo que la entendía a los seis años. Tal vez porque mis preguntas venían por otro lado, o porque no eran preguntas puntuales sino esa sensación de no entender del todo algo, y fascinarse por el misterio que lo envuelve. Lo genial del universo, es que sin importar cuánto empeño uno le ponga, nunca llegará a entender verdaderamente nada, pero cada pequeña cosa que entiende, lo hace a uno buscar entender más. Es como ser un caballo tras una zanahoria. Lo maravilloso es como la zanahoria nunca deja de llamarnos la atención, y es con la excusa de atraparla que la seguimos. Nunca la alcanzaremos, pero el seguirla nos hizo avanzar, y eso está bueno.
Volviendo al agua, nunca ha dejado de maravillarme. Recuerdo que una vez, en mi infancia, llegué de mal humor por haber fracasado incontables veces en mi intento de armar un castillito de arena. Nunca pude. Simplemente, no le pegaba a las proporciones. Así fue que lavé en el patio de casa mi balde rojo y mis moldes. Uno de ellos, era azul y tenía forma de pez. Lo llené con agua y me quedé viéndolo. Lo movía y el líquido se movía, pero sin perder la forma del pez. Me pregunté si el agua sabría que había tomado la forma de algo que vivía en ella, y me reí. Era tan divertido cómo tomaba cualquier forma. Puse agua en el balde, tenía forma de balde, la tiré al pasto, no tenía forma de nada. Recuerdo que en aquel tiempo yo creía que el agua debía de pensar muy rápido qué forma tenía que tomar para poder hacerlo, entonces intentaba cambiarla muy rápido de lugar, a ver si así no le daba el tiempo de pensar qué forma le correspondía y llegaba a confundirla a tal punto que no tomara la forma del recipiente en cuestión, jajaja. Suena ingenuo ahora, pero a mis seis años me parecía de lo más razonable. Me llamaron a almorzar, y como la forma de pez me gustaba tanto, guardé ese molde con agua en la heladera que teníamos en el garaje, para que ni mi hermanito ni la gatita que le había pedido a mis padres que por favor adoptáramos, fueran a derramar el agua.
Cuando volví de comer, abrí la heladera y no puedo describir la sorpresa que me llevé cuando vi que ya no se movía. Era rígida. Pero yo ya había visto eso, en los refrescos, ¿era hielo?
Fui corriendo a contarle a alguien y me encontré a mi madre. Le dije con gran emoción: "mamá, el agua fría es hielo." Me acuerdo que me miró con el seño fruncido y destrozó mi ingenua ilusión diciendo: "claro, ¿no sabías?" Y no, yo no sabía, claramente.Y pese a que desde mis seis años ha pasado bastante tiempo, aún siento esa fascinación por el agua. (Por todo en general, pero en particular por el agua.)
Siempre he creído que debe ser genial tener un barco y poder irse por ahí, sin rumbo, a donde el viento te lleve. Ir parando en islas, vivir un tiempo acá, otro allá, ser un espíritu libre que no pertenece a ningún sitio. Cuyos guardianes son el mar, las estrellas, la Luna y el Sol y sus amigos los seres vivos que conoce en su viaje.
Debe ser muy emocionante estar navegando, en un perfecto atardecer como el de la foto, y ver que se llega a una isla, bajar las velas (asumiendo que se tenga un velero, algo que sería fascinante), y dejar que la corriente la lleve a una a la orilla, mientras recostándose sobre la proa se observa el propio reflejo en el mar y se piensa en las tormentas que se fue capaz de atravesar antes de llegar a ese sitio. Y es esa idea la que originalmente inspiró la entrada y en la que medito todas las mañanas cuando paso junto a un arroyo en mi ruta diaria: el reflejo.¿A qué viene ese encanto casi mágico que se siente al observar ese reflejo perfecto que puede apreciarse al contemplar una superficie acuosa? Eso sí que es fantástico. Porque lo intrigante del agua es el no saber lo que oculta en su profundidad. A veces se la ve calma, otras veces furiosa, pero nunca se alcanza a ver todo lo que contiene (excepto que nos encontremos en el Caribe, pero eso arruinaría mi línea de pensamiento, así que descartemos esa evidencia en mi contra, al menos por el momento.)
Siempre me ha dado la impresión de que el agua y la mente tienen mucho en común: ambas son capaces de adaptarse a situaciones de lo más dispares, y ambas tienen una profundidad que desconocemos. Creo que la mente es como un mar, que a veces está calmo, otras veces lo sacuden tormentas, y es sólo en estas situaciones en las que se puede ver lo que ambas llevan dentro. Se ve lo que la mente lleva dentro porque son las situaciones límite las que sacan lo peor y lo mejor de nosotros a relucir, y se ve lo que el mar lleva dentro porque después de una tormenta puede observarse en la zona de resaca todo lo que de él ha salido.
Por eso las tormentas son algo positivo, porque nos hacen ver lo que llevamos dentro. Es la única forma de ver algo que en otra situación estaría sumergido en la oscuridad más profunda, ¿y qué hacemos en la vida nosotros sino eso mismo? Buscar en la profundidad de nuestras mentes lo que somos, buscar en la profundidad del universo lo que es. Desde esa óptica, las tormentas nos dan siempre una mano. No se puede sacar algo del interior sin padecer en el proceso, pero es positivo haberlo hecho, sería algo así como vomitar. Creo que esta última imagen arruinó toda la entrada, pero es verdad.



Cronología de un lamento.

A la 1: 04 un H. Sapiens recibe una rosa.


A la 1:06 está a punto de dejarla en un florero, mientras se lamenta por el destino de la misma. "Basta que algo sea hermoso para que alguien lo destruya sólo por poseer momentáneamente esa belleza que nunca tendrá." ¿Por qué no admirar la belleza de la rosa y dejarla donde está? ¿Por qué arrancarla? ¿Con qué propósito? O mejor aún: ¿con qué derecho?
A la 1:07 le recorta con angustia el tallito y la deja en un florero. Esa agua la mantendrá algún tiempo más viva, pero sólo retrasando por instantes la inevitable agonía que le aguarda.

A la 1:08 un felino se aproxima a admirarla, no hay especie a la que ese resplandor no le llame la atención.


















A la 1:09 el angustiado H. sapiens deja la rosa y su florero en una mesa y la contempla con pena.

viernes, 21 de septiembre de 2012

"Mortal"

Toda mi vida he tenido la sensación de no comprender nada. No importa cuánto lo intente, no importa cuánto lea, no importa cuánto tiempo invierta en ello o cuántas noches pase en vela. Percibo la realidad como algo caótico, y cuando pienso que encontré un patrón, que encontré una respuesta, veo un nuevo elemento que no cumple mi teoría. La mayoría de las veces, simplemente tengo esa sensación frustrante de tener las respuestas al alcance de mi mano, en la punta de la lengua, pero cuando me acerco se esfuman.
No puedo evitar pasar por la plaza donde está esta hamaca. Nada más observarla me genera una mezcla entre el sentimiento tan molesto que acabo de describir, y tranquilidad.
Es la impresión de que hay algo que no estás viendo, aunque está enfrente tuyo. La sensación de que el significado de las cosas es muy claro visto de lejos, pero a medida que uno se acerca, descubre que se trataba de un espejismo más. Como ver vapor, e intentar atraparlo. Está ahí, uno lo ve, parece tangible, pero  es imposible capturarlo con las manos. O la impotencia que se siente de niño al correr hacia el horizonte. Al principio intenté alcanzarlo a pie, luego usé la bicicleta, y por último, le dije a mi padre que por favor acelerara el auto para ver si así llegábamos.
Claro que el horizonte no existe como límite real. Tal vez eso signifique que A) las cosas no tienen significado, o B) la mente humana es incapaz de captarlo.
En cualquiera de los casos citados, lo razonable sería no pensar al respecto, es decir ¿por qué pensar en cosas que o no existen o existen pero somos incapaces de conocer? ¿Por qué existe la filosofía? ¿Por qué no nos cansamos de buscar el significado profundo de la existencia? ¿Será lo que Borges decía? ¿que el destino de la humanidad es buscar respuestas sin nunca hallarlas? ¿Será que nuestra mente interpreta las cosas de manera lineal y por lo tanto tiene una limitación inherente a la hora de intentar interpretar una realidad no lineal? ¿Intentar comprender el universo y la vida con un cerebro será algo tan vano como intentar sacar una tuerca con un martillo?
Pero si es tan vano, ¿no debería la selección natural no haber favorecido el desarrollo de una inteligencia tan empecinada en una causa perdida? Es un verdadero desperdicio de ATP, ¿entonces por qué todas las personas del mundo filosofamos? Aún aquellos que han sido capaces de dejar de hacerlo, lo han hecho alguna vez. Entonces, ¿por qué un recurso tan caro energéticamente y cuyo costo supera la ganancia que provoca es mantenido?
¿No sería más conveniente y nos ahorraría más energía tener un cerebro menos desarrollado? ¿Qué hay de la finitud de la existencia? ¿no sería más capaz de sobrevivir alguien que invierte su energía en sobrevivir en vez de pensar cuándo morirá o cómo será morir?
Las emociones y los pensamientos nos provocan más pérdida que ganancia a los seres vivos, ¿cómo la selección natural mantiene algo tan poco conveniente?
Evidentemente la realidad no es sólo lo que vemos, y tal vez no todo lo que vemos lo sea.
Entonces, si el conjunto de la realidad presenta una intersección con nuestra percepción de ella, pero no es ella, ¿cómo saber qué es? ¿Cómo saber qué elemento está en qué conjunto?
Pasan miles de años, y las preguntas que nos hacemos siguen siendo las mismas. Sin embargo es imposible vivir sin hacerlo. Por más que se sepa que nunca se entenderá nada, no se puede dejar de intentar comprender. ¿A qué viene esa sensación de estar al borde de algo que se esfuma cuando nos aproximamos?
Siempre he sentido que ciertas cosas en la vida no cambian, que en el fondo uno sigue siendo el mismo que siempre fue, con pequeñas modificaciones; y sin embargo, nunca voy a poder volver a subirme a esa hamaca amarilla, como lo hacía de niña.
El otro día, estaba simplemente descansando en esa plaza, cuando vi llegar a una nenita con sus padres. El papá la agarró a upa, como otrora hizo el mío, y le preguntó cuál hamaca le gustaba. Ella eligió la roja. Otro día un niño eligió la verde. La mayoría de los colores se repiten, pero hamaca amarilla hay una sola. Creo que por eso la elegía yo. Me gusta usar siempre lo mismo, y una buena manera de estar siempre en la misma hamaca era elegir una única, que no iba a confundir con otra. En el tiempo que hace que volví a vivir en este lugar después de años de ir por otros rumbos, no he visto a nadie subirse a la hamaca amarilla. No sé por qué me siento ahí y cuando veo a algún niño o niña pienso "que se suba a la amarilla", pero no lo hacen. No sé por qué me importa que lo hagan o no. Borges decía que nadie es único e irrepetible, sino que las historias de vida se repiten, manteniéndose de ese modo un balance, como si  se tratara de un ciclo biogeoquímico. Tal vez sea que espero verme repetida. Tal vez eso me daría una cierta sensación de tranquilidad.
Hace dos días hubo una gran tormenta, tiró varios árboles, y cuando se lo comenté a mi padre, triste por la muerte de esos nobles seres vivos, me preguntó preocupado si se había caído el pino al que yo solía trepar. No supe qué contestarle, y cuando hoy pasé por allí a ver a la hamaca y qué había pasado con los pobres amigos árboles que fueron arrasados por la tormenta, recorrí todo el lugar intentando recordar cuál era ese pino.
No pude. ¿Cómo puedo intentar comprender aquello que trasciende a mi limitada percepción de la realidad cuando no soy capaz de recordar a qué árbol me trepaba a los cinco años?
A pesar de los años, nunca he podido superar la angustia existencial que me provoca no entender nada y ser tan limitada.
Alguien muy querido para mí, o a quien solía querer y en algún punto supongo que siempre seguiré queriendo, solía recordarme que era mortal para molestarme.
Cuando yo me ponía muy filosófica o idealista, o sencillamente olvidaba mis limitaciones como Homo sapiens que soy, se reía y me decía: "mortal". Me fastidiaba muchísimo que lo hiciera. Tal vez es algo que nunca he sido capaz de aceptar. Del mismo modo que nunca superé la tristeza e impotencia que sentí cuando entendí que no podía salvar al mundo, que no podía ayudar a todos, y que probablemente ni siquiera fuera capaz de salvarme a mí misma.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Penélope

No sé por qué, pero desde que me desperté, no he conseguido sacar esta canción de mi cabeza. No era la idea del blog estar nombrando una canción en cada entrada, ni mucho menos. Pero creo que se me ha vuelto una tendencia.
http://grooveshark.com/s/Pen+lope/3l4rvy?src=5
Nunca me gustaron las actividades grupales, ni los coros, y todos los años cuando iba al colegio, me negaba a participar. Ni siquiera "audicionaba." Pero hubo una vez, en que tuve una maestra, que me desagradaba a tal punto, que buscaba cualquier excusa para no estar en su clase, y ese año, cuando cursaba 4º de primaria, hasta el coro me vino bien.
Recuerdo haber pasado tardes lluviosas junto al piano del profesor cantando esta canción, (yo siempre me paraba en un ángulo tal que pudiera ver qué teclas apretaba, a ver si así entendía cómo se tocaba el piano) con mis compañer@s y la Penélope imaginaria de mi mente. Siempre la pensé como una mujer de alrededor de cuarenta años, de cabello negro y largo, atado en una cola de caballo. Sentada en un banco verde inglés junto a árboles de hojas amarillentas, vestida de marrón, con la mirada ausente. Pensaba que sus ojos serían color avellana, pero que habrían perdido el brillo por la angustia de la espera. Miraría indiferente a la gente que pasaba. El viento bailaría con las hojas a su alrededor, pero ni esa hermosa y ocurrente pareja danzante, que constituye la mejor parte del otoño, sería capaz de llamar su atención.
Sin embargo, de alguna manera, el tono que toma la melodía cuando la canción dice "Penélope, mi amante fiel, mi paz, deja ya de tejer sueños en tu mente; mírame, soy tu amor, regresé", me hacía pensar que la historia tendría un final feliz. No importaba cuántas veces la cantara, siempre me embargaba la misma ilusión en ese acorde. Pero invariablemente, la respuesta de Penélope seguía siendo "tú no eres quien yo espero."
Yo lo sabía, me sabía la letra de memoria, pero aún así, seguía creyendo que ella lo reconocería a pesar del paso del tiempo. Aunque su apariencia hubiera cambiado. Imaginaba sus miradas encontrarse y a ella reconocer en la mirada del viajero a quien aguardaba. Porque eso es lo único que permite reconocer a alguien, ese brillo extraño, particular y único que tiene cada persona en la mirada. Es eso lo único que no cambia, así pasen siglos. Pensaba que una vez iba a cantar la canción, y el final iba a cambiar, porque el que la cantáramos tantas veces, haría a Penélope recordar. Porque no podía haber olvidado la mirada del viajero, porque tenía que ser capaz de reconocerlo, así se encontrara muy diferente, así su cuerpo pareciera el de otra persona. Tenía que ver ese brillo extraño, eso tenía que alcanzarle, tenía que entender que era eso lo verdadero, y no su recuerdo de su aspecto.
Pero claro, a mis diez años debería haber sabido que las canciones no cambiaban, y que los protagonistas no podían oírme. La letra ya estaba escrita.
Esta canción también me recuerda a aquello de que los pétalos de las flores de los cerezos caen a cinco centímetros por segundo.

El paisaje siempre lo he imaginado más o menos así. Sólo que con los árboles más cargados de follaje, y en una estación de trenes. Con la vía cerca, y uno de esos relojes de las estaciones junto a ella. Es una lástima que la AFE (creo que es esa la sigla) esté arruinada, yo llegué a ir de niña, cuando estaba en mejor estado. Habiendo escuchado esta canción, me preguntaba cuántas personas habrían aguardado el regreso de alguien en vano, contemplando ese enorme reloj, y el ir y venir de los trenes.

viernes, 20 de julio de 2012

Funciones inversas.





Hoy dije eso. Lo había pensado el otro día, pero no fue hasta que lo comenté y expliqué que realmente tomé consciencia de cuán cierto era. Las ideas suenan distintas en la mente propia, donde uno sólo se oye a sí mismo, que puestas en palabras.
Así como la oscuridad no existe por sí misma, sino que es consecuencia de la ausencia de luz, de esa misma manera, el miedo no existe sino en ausencia del amor.
El miedo se define como la función inversa al amor. La gente suele hablar del odio como antitético al amor, y es mentira. El odio no es sino consecuencia del miedo.
Como el amor y el miedo son funciones inversas, si se hace la compuesta del miedo con el amor, se obtiene x, siendo x la función identidad. (Entiéndase en este contexto a la función identidad como representación del individuo tal cual es, sin engaños ni artificios, del individuo en su sentido más puro.)
Es por esa razón que sólo el amor permite ver claro. Todo el mundo tiene miedos, conscientes o inconsientes, pero no todo el mundo ama. Lo curioso de esto, es que uno puede esforzarse mucho en ser una persona llena de amor fraterno y con paz de espíritu. Se puede invertir mucho ATP en forzarse a ser madur@, en luchar contra un@ mism@ y sus miedos, porque el peor enemigo o la peor enemiga que tod@s tenemos, es nuestra propia persona, pero no es posible aplicarse a sí mismo la función inversa. No importa cuánto un@ se acepte, se quiera o se respete a sí mism@. Por una razón muy sencilla: uno se define a partir del otro. Esa es la alteridad. Encontrar en el otro a un@ mism@. Por supuesto que la alteridad hace alusión al amor en general. No cabe la menor duda de que el amor fraterno es algo hermoso. Debo decir que personalmente, creo que la vida carece de sentido, y las pocas veces que he sentido (valga la redundancia) que tiene un propósito ha sido al ayudar seres vivos (de cualquier especie), al preocuparme por el mundo que me rodea, (así sea haciendo algo tan tonto como levantar un papelito del suelo), y al pasar tiempo con alguna persona y sentir que me veo en ella y ella en mí.
El amor fraterno es maravilloso, una de las mejores cosas de la vida, sin lugar a dudas, pues todo amor es maravilloso y tiene un poder increíble.
A pesar de ello, debo decir, que no hay inversa al miedo tan poderosa como aquella que proviene del amor romántico. ¿Por qué? Porque se establece con una persona. Una sola. Porque nos guste o nos disguste, lo cierto es que es a través de la mirada del ser amado que un@ se conoce. Porque deja de ser una mirada como tantas para ser la única que logra llegar a cierto sitio del alma. Porque no hay hielo que no derrita ni miedo que no venza. Porque es como una tormenta que arrasa con uno y renueva todo. Porque hace que la propia vida, el propio pasado se vea con otros ojos. Porque te hace mejor persona y te hace honesto contigo mismo, mientras que los miedos te mentían.
Porque si se presta atención, mucha atención, puede notarse lo siguiente.
Todos estamos solos. Nacemos solos, vivimos solos, y morimos solos. Ciertas personas son conscientes de ello. A otras les aterra y se esconden en: ser consumistas, vivir empastilladas o drogadas, poner la música a todo volumen, etc. Una manera de distraer los sentidos. Si no se le teme a la soledad y se le presta atención, se verá que es como un proceso que siempre está ejecutándose en segundo plano en nuestro "administrador de tareas." Si se emplea el procesador y la memoria RAM lo suficiente en otras cuestiones, quedará relegado por un tiempo. Hasta que esos procesos finalicen. Cuando eso suceda se le volverá a prestar atención. Es un proceso del sistema que no puede ser cancelado. Se ejecuta en cuanto se inicia el sistema operativo. Sólo una cosa puede hacerle frente, y eso justamente es el amor. Todo el mundo ha sentido en alguna ocasión una soledad muy grande, al punto que llega a generar incomodidad a pesar de estar rodeado de gente. Un sentimiento de soledad distinto al que se siente estando solo en la casa. Pues en ese caso uno se siente en compañía consigo mismo, y no es en absoluto desagradable. Lo molesto es verse rodeado de gente y saber que la única persona en cuya compañía un@ se siente comprendid@ aunque no estén hablando, aunque sólo estén en silencio contemplando un paisaje, no está. Porque si se presta la suficiente atención puede verse que si se quiere a alguien, es sólo a su lado que esa opresión en el pecho que se siente al estar rodeado de personas en una fiesta o una reunión social desaparece. Es como una alarma que pone en aviso de que se está ignorando algo importante. Una sirena estruendosa que hace ver lo superfluo y estúpido de lo que te rodea. Porque se comenta por ahí que el amor hace filósofo al más humano y hace humano al más filósofo.
El miedo es confortable. Justo como la depresión. ¿A quién no le encanta quedarse acostado todo el día en la cama sin hacer absolutamente nada, en pijama, sin hablar con nadie, ni siquiera sentir apetito? Eso es siempre más fácil que vestirse y salir a afrontar el día. Evidentemente. Del mismo modo, es mucho más fácil encerrarse en excusas y miedos, en la comodidad del propio ego, que arriesgarse a aproximarse a la función inversa. De algún modo el miedo aprisiona, y el amor libera. Libre es aquel que se desprende de sus miedos, y la libertad es consecuencia del amor. Es un trabajo en equipo, por algún motivo que desconozco. Las personas se quieren y a partir de ese amor se ayudan mutuamente. Ven en los ojos de la otra persona, a la otra persona y a sí mismos, tal cual son. Porque son dos seres asustados y perdidos en el mundo, que necesitan de la calidez del otro, para ser ellos mismos, y para tener el valor de vivir esta desesperanzadora existencia.

sábado, 14 de julio de 2012

Risa

Hace una o dos semanas (ya no lo recuerdo), asistí a un funeral, y ayer falleció un pariente de un amigo. Va, antes de ayer, porque son las 4AM.
Esto me llevó a reflexionar, que cuando uno piensa en alguien, no suele recordar una imagen estática de la persona. Por el contrario, suele recordar momentos. Aunque esos recuerdos muchas veces son sobre algo trivial o cotidiano. Una vez leí esto: "Stop overlooking the beauty of small moments. – Enjoy the little things, because one day you may look back and discover they were the big things.  The best portion of your life will be the small, nameless moments you spend smiling with someone who matters to you." Y debo reconocer que han sido pocas las cosas más ciertas que he oído en la vida.
 Cuando se piensa en alguien no sólo se recuerda su rostro, porque muchas veces en el recuerdo que se tiene un@ no estaba mirando a la persona directo a la cara. Se piensa también en sus gestos, en sus palabras, en el sonido de su voz, en cómo suena su risa, en su aroma.
Se sabe que alguien murió hace mucho cuando al recordarl@ no se recuerdan estas cosas, sino una foto. Eso significa que se pasó demasiado tiempo extrañando a alguien, que se ha estado demasiado tiempo contemplando una imagen estática de la persona, porque sólo de esa forma se l@ puede volver a ver. Pero nadie es una imagen estática, y nadie quiere conservar en su memoria sólo una imagen estática de alguien a quien quiso. Es entonces que se mira la fotografía con gran concentración, esperando la imagen llame a otros recuerdos en la mente. Pero con el paso del tiempo, lo que se recuerda es cada vez más borroso, y se empieza a dudar de lo realmente acontecido.
El problema no son los que mueren, sino los que tenemos que seguir vivos.
Así es que pasa el tiempo y no queda mucho más que un recuerdo o dos, y una imagen.Nunca se pensó al sacar la fotografía que sería esa captura arbitraria de un momento arbitrario, que se tomó tal vez sin prestar demasiada atención, la imagen fija que quedaría grabada en la mente sobre alguien cuyo paso por la vida de un@ no quiere olvidarse.
Por eso siempre presto mucha más atención a las voces, los perfumes, las actitudes y las miradas. Siempre que no se recuerde la forma de la nariz de alguien se puede mirar a una fotografía. Pero aunque en la imagen la persona esté sonriendo ningún papel puede saber cómo sonaba su risa. Es espantoso saber que nunca más vas a oír la risa de alguien ni sentir su perfume, pero más espantoso aún, es no poder recordar cómo sonaba u olía.

viernes, 13 de julio de 2012

Visión

Sonará absurdo, y lo es, pero a veces, por una pizca de tiempo, me da la impresión de que mi reproductor de mp3 está sintonizado con mi estado anímico. Lo uso siempre en aleatorio, para que me sorprenda, y ciertas canciones resultan seleccionadas por él sólo en ciertas situaciones. Y sin darme cuenta, muchas veces acabo por comportarme siempre de la misma manera cada vez que pasa la misma canción. Es algo cíclico y extraño. Hoy pensé que en cuanto bajara del ómnibus iría a la Rambla a ver el agua, y al rato me dí cuenta que mientras caminaba hacia allí había estado sonando la misma canción que siempre suena cada vez que lo hago. Va, las canciones, porque son dos. Y suenan siempre juntas a pesar de que el reproductor esté en modo aleatorio. Ni "we will rise again" ni "we were born to fly" de Scorpions tienen algo que ver con el mar, pero es una coincidencia que se ha repetido muchas veces.
De algún modo camino más rápido y decidida cuando suenan, lo que es preocupante, porque no suelo prestar atención a mi entorno.
 La letra de "we will rise again" nunca me convenció, supongo que la escucho por la música.
A veces se siente bien escuchar algo ruidoso.
"We were born to fly" sí me encanta, letra y música.


(Aunque mis preferidas son: "the future never dies", "under the same sun" y "maybe I maybe you".)
El punto es que como ya había anochecido, el agua no se distinguía. Más bien se fundía con la oscuridad impenetrable de un cielo sin luna, sólo interrumpida por la contaminación lumínica. Únicamente si miraba hacia mi izquierda era capaz de percibir a lo lejos un leve movimiento en el fluido. Sin embargo, eso era posible sólo por el ángulo en que la iluminación de la avenida irradiaba. Si miraba hacia la derecha o hacia adelante, me era imposible notar algo.
Pensé entonces, que el presente y el futuro nos resultan en nuestras vidas igual de impenetrables. Sólo el pasado podemos distinguirlo con una cierta claridad. Es más, no todo el pasado, porque yo no alcanzaba a ver toda el agua existente en esa dirección. Sólo es posible distinguir con cierta claridad algunos momentos del pasado. (Supongo que el asociar la izquierda al pasado y la derecha al futuro se lo debo al amigo Descartes, y sus ejes cartesianos.)
Resulta lógico. Del futuro no hay mucho que decir porque no sabemos qué pueda acontecer, del presente no podemos decir demasiado porque el estar viviéndolo afecta nuestra percepción del mismo. De un pasado lo suficientemente lejano como para ganar perspectiva pero no tanto que resulte borroso y nuestra subjetividad llene los espacios en blanco es de lo único que en verdad podemos hablar con mediana objetividad.
Es el modo primera persona lo que complica las cosas. Todo el mundo sabe que es mucho más cómoda una cámara como la del Zelda que la de Metroid Prime o Counter Strike. Siempre es más fácil observar las cosas con distancia. Sólo que la vida no es el Lineage, que se puede elegir qué cámara usar.

sábado, 9 de junio de 2012

Ginkgo

Un Ginkgo que ha sido podado y vuelve a empezar ♥
Plantas amigas del Ginkgo. ♥
Hoy me levanté de la cama y me dije que hacía un día invernal de lo más hermoso. Pensé que debía hacer algo, y recordé que me debía un paseo desde hacía tiempo. Tenía que ir a la Avenida Sarmiento, pues por ahí hay Ginkgo biloba.


Las hojas flabeliladas (creo que se les llama así porque se asemejan a un abanico) son inconfundibles.
Como son de follaje caduco, en esta época sus hojas han perdido la clorofila, quedándoles sólo xantofilas y otros carotenoides. Es hermoso pasear por allí y ver en la vereda hojas cuya anatomía apenas se ha modificado en millones de años. Pensar que es la única especie que queda de su antiguo linaje, que habitó en la Tierra desde el Mesozoico (más o menos, no recuerdo con exactitud.) No podía más que ir por ahí maravillada, pensando que la única especie que queda de ese ancestral grupo, vive en este planeta desde mucho antes que mi especie. Me imaginaba a los primeros primates explorando el mundo y maravillándose al igual que yo, de una planta tan llamativa. Porque no puede negarse que lo es. Nunca en la historia le preguntarán a nadie en un examen de botánica "¿qué especie es esa?" parados frente a un Ginkgo. Pues su anatomía foliar es tan diferente a las demás, que una vez vista, es imposible confundirla con otra. Pero por supuesto, que esto me sirvió de excusa para tomar una "mini salida de campo" por el Parque Rodó. Ahí había una Cycas y todo. No es que no me interesen las plantas más modernas ni los demás seres vivos, lejos de mí tal cosa. Todos los seres vivos son adorables, sin distinción de Reino ni Filo ni Clase ni nada, pero tengo un gusto particular por los "fósiles vivientes", producto seguramente de mi obsesión por el paso del tiempo.

Parece tratarse del Consejo Vecinal del barrio, es hermoso.

Abrazada a un Eucalyptus



Otro Ginkgo.



Simplemente amo las casas antiguas.

Todo lo antiguo en realidad, las calles con adoquines son geniales.

 Los peatones que me crucé me miraban como miran a los turistas. No iba a pararme a explicarles que llevo mochila porque siempre llevo mochila, o bolso, que por ser local no dejo de hacerlo, y que en cierto punto, soy incapaz de alejarme más de 10 cuadras de mi casa sin un bolso/mochila. Tampoco iba a ponerme poética diciendo que no creo que la cotidianeidad desvalorice las cosas (aunque lo creo sinceramente y lo pienso a diario.)
Vi muchas cosas divertidas por ahí, pero en un momento dado, sin darme cuenta, me quedé tan absorta admirando la belleza que me rodeaba que perdí la noción del espacio.  Cuando quise acordar, vi un cartel curioso a mi lado: 
Faltas de ortografía aparte, es un gran mensaje. Entonces me puse a pensar, que todos deberíamos escribir reflexiones por ahí, para hacer sentir mejor a otras personas, o simplemente hacerles pensar en algo, o ver algo, respecto a lo que sea. Me tomé un ómnibus y vi esto:

Lo de "El Chucho estuvo aquí" lo encuentro respetable, porque (al menos a mí) ese tipo de frases me hacen pensar bastante. Pero es un disparate la cantidad de lugares en los que hay escritas cosas relacionadas con cuadros de fútbol. Alguien de ese cuadro diría: "sí, que viva el bolso", alguien de otro cuadro: "qué bolso ni que ocho cuartos, son un montón de papanatas." En fin, no son pensamientos muy rescatables. Después encontré otro que me gustó:

La iluminación era pésima, la cámara no es buena y yo tampoco, pero dice: "vivir sólo cuesta vida."
La mala iluminación se debe a que ya había anochecido. Es hermosa (no usé otro adjetivo en tooooda la entrada, ya lo sé) la sensación que se tiene cuando se pasa un día al aire libre y llega el atardecer. Porque previo a él, parece que el tiempo se detiene, son esos destellos rojizos los que l@ hacen a un@ recordar que sólo es un primate curioso, fascinado por un universo que no se detiene, y que esa vida con la que paga el vivir a diario es un recurso finito. No lo digo como algo malo. Las personas a veces lo toman como algo pesimista, no lo digo en ese sentido, y no me entristece, simplemente es cierto.

martes, 5 de junio de 2012

Piel

A veces, si se mira más allá de la apariencia de las personas, si se mira hondo en los ojos, puede verse a la gente de una forma completamente diferente de la manera que se la ve prestando atención sólo a la superficie.
Así, puede llegar a percibirse que el ser real, el que no se ve a simple vista, ni siquiera posee la misma piel que su disfraz. Algun@s poseen una piel muy gruesa, como una costra, a través de la cual nada (o al menos casi nada) puede pasar. Cabe imaginar que al nacer, la piel de la apariencia y de la de lo que va más allá es igual de frágil y tersa. Sería entonces con el paso de los años y las experiencias vividas que un@ se volvería más dur@. De ahí la canción de Cat Stevens "The first cut is the deepest".
Sin embargo, no se trata de una regla general. Ciertos seres nacen con un defecto genético, que hace que su piel no se endurezca, que hace que todos los cortes les resulten igual de profundos. Su percepción del dolor es entonces mayor a la de los demás. Resultando herid@s hasta por las cosas más tontas, y resultándoles este hecho incomprensible a los demás seres, cuya epidermis se desarrolla con normalidad, protegiéndoles mucho más.

domingo, 3 de junio de 2012

Finales imaginarios.

La vida real no es como las películas. Al menos no como las películas con finales felices. Los finales de las que son basadas en hechos reales, cuando son felices, consisten en una mejoría de la situación, pero más en una vuelta de rosca a la perspectiva que se tiene de las cosas. Suelen terminar con alguna reflexión optimista, para hacerte pensar que la vida no es tan mala, aunque en verdad sea una reverenda basura, por usar un lenguaje políticamente correcto. Entonces uno mira alguna otra película, de esas que tienen finales felices en serio. Esas en las que la/el protagonista confiesa su amor y es correspondid@, o logra salvar la vida de tres gatitos de una muerte horrenda, o se gana la lotería. Entonces se sale a la calle con ánimos renovados, pensando que algo bueno va a pasar. Pensando que en la vida real existen los giros extremadamente favorables e inesperados de las películas. Cuando en verdad, la explicación al final feliz, es que el/la que lo escribió: jugó años a la lotería y nunca ganó, o amó a alguien que no l@ amó, o no llegó a tiempo para salvar a los gatitos.
En la realidad, las situaciones cambian con los años. Todo es un proceso lento y desgarrador. Pero no importa cuánto duela, o cuánto un@ se queje, o cuánto un@ sufra, grite y/o patalee, nada de eso va a cambiar las cosas. Nadie ni nada va a solucionar mágicamente tu vida. Lo único que queda es volver a levantarse y seguir. Sabiendo que la vida es una mierda (me cansé de los eufemismos, por mucho que me agraden), pero no conviertiéndose un@ en una mierda por eso, que es lo que muchos hacen. Hay que lograr seguir viviendo a pesar de todo, y ser lo mejor gente posible, para darle pelea al mundo, diciéndole que pase lo que pase, vos no te vas a convertir en una mierda también.
La razón para escribir es entonces, que al menos en un papel, las cosas hayan sucedido del modo que deberían haberlo hecho. Que por lo menos en un papel exista la justicia.
La gente que escribe no es feliz. Si lo fueran, estarían demasiado ocupad@s siéndolo como para pensar en escribir. Las personas que escriben son idealistas a l@s que la realidad una y otra vez lastima y hace sufrir. Seres que cargan con una profunda angustia existencial que l@s obliga a estar analizando constantemente la vida, reflexionando hasta el cansancio, madrugadas enteras.
C= complejos; I= imaginarios; R= reales; Q= racionales; Z= enteros; N= naturales.
Es por eso que la matemática es tan hermosa. Ahí las cosas no sólo son lógicas y razonables, sino que lo imaginario existe. Me encanta cuando una solución tiene por valor la raíz de un número negativo. Amo escribir "no existe solución perteneciente a los reales" y expresar el resultado como un número imaginario. Aunque a nadie le importe tres cominos, ya que seguramente lo relevante del problema sea que en el dominio de los reales, no hay solución. Porque en la matemática los conceptos real/imaginario y existente/no existente no son mutuamente excluyentes. Que algo sea imaginario, no significa que no exista, significa que no pertenece al dominio de los reales, que no es lo mismo.
A diferencia de la realidad en que vivimos, en la que no somos ni siquiera capaces de saber si la estrella que estamos mirando sigue existiendo en verdad, en matemática es posible conocer lo que pasa en el infinito.
Da igual una novela a un problema matemático, sigue siendo poner sentido en un universo que carece de él,  poner orden en un universo cuyo desorden aumenta constantemente. Aunque sólo sea posible hacerlo garabateando en un papel o apretando botones en una máquina conectada a un mundo virtual, aunque sea imaginario, aunque se debería poder conciliar el sueño aceptando que no existe ni el orden, ni el sentido, ni la justicia, en vez de estar en vela en plena madrugada torturándose con estas cuestiones.

"Fue en el año 1777 cuando Leonhard Euler le dio a \sqrt{-1} el nombre de i, por imaginario, de manera despectiva dando a entender que no tenían una existencia real. Gottfried Leibniz, en el siglo XVII, decía que \sqrt{-1} era una especie de anfibio entre el ser y la nada." 


 Es hermoso observar al conjunto de los números imaginarios, ubicado con los demás conjuntos, pero separado de ellos.

jueves, 31 de mayo de 2012

Los límites de la libertad humana.

Llevaba dos días soñando que encontraba animales abandonados y heridos. Hoy no fui a estudiar. No me sentía bien. Pensé en ir a buscar a mi madre al trabajo, pero me quedé dormida. Cuando ella llegó me dijo "¿a qué no sabés lo que dejaron hoy en el trabajo?".  Yo sabía. Me dijo que sí, habían dejado una caja con tres gatitos casi a la hora de cerrar. Su compañero de trabajo había sacado la caja a la calle y la había dejado adentro del contenedor de basura. Ella había retirado la caja del contenedor y la había dejado al costado, para que alguien que pasara por allí los adoptara. Dijo que no los había traído porque temía que la gata que ya vive con nosotros pudiera lastimarlos por celos. Yo le respondí que esas cosas están fuera de discusión y salí a buscarlos. Tenía todo planeado, iba a pasar por el supermercado a comprarles comida, le iba a explicar a "mi" gata que eran unos hermanitos que iban a estar con nosotras un tiempo hasta encontrarles casa, los iba a poner entre mantas e iba a contactar a cuanto conocido tuviera relatándole la situación. Fui lo más rápido que pude y cuando llegué la caja no estaba junto al tacho de basura. En un inicio pensé que tal vez alguien los hubiera adoptado ya, pero un mal presentimiento me llevó a mirar adentro. La caja estaba vacía. Me quedé allí observando en derredor, pensando a quién podría preguntarle al respecto. Una mujer que fue a tirar la basura me miró de arriba a abajo con el ceño fruncido, pensando probablemente, qué hacía yo revolviendo ahí. Se me acercó entonces un amigo que es indigente. Antes solíamos jugar juntos al dominó, ahora llevaba tiempo sin verlo. Me preguntó, con su tono de siempre "¿qué se te perdió, amiga? ¿qué hacés acá a esta hora?" Le expliqué que mi madre me había dicho que habían tres gatitos ahí y que yo quería buscarles alguien que los adoptara. Me respondió que recién, mientras revolvía la basura, los había encontrado muertos. Yo me quedé dura, y él los buscó. Encontró uno. "¿Ves? lo lastimaron." Yo seguía sin poder pronunciar palabra y él añadió: "capaz que mientras la caja estaba afuera del contenedor alguien los atropelló, porque ahí paran autos." Pero la caja estaba intacta, y el gato no se veía atropellado. Alguien le había hecho daño. Me enferma pensar que pertenezco a una especie capaz de semejantes atrocidades. No es justo.
Yo seguía ahí parada y él me dijo: "¿no me convidás con maníes?" Yo me sonreí, llevaba un paquete de maníes en el bolsillo externo de mi mochila. Le respondí que obvio que sí, que se los regalaba, pero noté que las palabras se me trancaban. De todo lo que pensaba respecto a lo ocurrido, sólo fui capaz de pronunciar "qué horrible." Me odio a mí misma es esas situaciones. Siempre que tengo sentimientos o pensamientos muy fuertes o profundos por algo soy incapaz de ponerlos en palabras. Pero qué podía decirle a él, que vive en la calle. Yo puedo adoptar un gato, pero no una persona. Eso también me hizo sentir mal conmigo misma. Pensé que yo iba a poder llegar a mi casa y sacarme la campera, pero él no. Él iba a tener que pasar la noche con esa campera puesta. Después de mi comentario carente de elocuencia, se produjo un largo silencio, durante el que yo, seguía con la mirada en el contenedor sin estar mirando realmente y él comía maníes. Hasta que me interrumpió diciendo: "la van a pasar mejor arriba que acá", mientras miraba el cielo. Hoy hace una noche nublada en la que apenas puede distinguirse alguna estrella solitaria. Él hacía alusión evidentemente a la vida después de la muerte. Yo no creo en un cielo, pero creo que estar vivo duele  demasiado, y que la pérdida de sensibilidad de la muerte será un alivio.
"Yo no puedo hacer nada" me dijo, al ver que yo seguía ahí parada sin moverme, sin hablar, sin quejarme, sin hacer nada, sólo estar ahí. Pensé que yo le habría dado pena y me reí de mí misma. Me veo muy miserable cuando me entristezco. Nos despedimos y me volví caminando a mi casa.
Recordé a mi profesor de ética. Él solía decir que la libertad humana es limitada, y ponía para explicarse  el mismo ejemplo que ponía el libro con el que se suponía siguiéramos el curso. "Si uno va al club a hacer natación, no está en su casa estudiando." Si uno se queda dormido en su casa, no salva las vidas de tres gatitos.
Si hubiera ido en el momento adecuado, esto sería una publicación con la foto de los tres gatitos rozagantes, buscando alguien que los adoptara y los quisiera, una publicación llena de vida, en cambio, es esta catarsis estúpida y sin sentido. Ni siquiera soy capaz de salvar a tres cachorros. Al fin y al cabo, yo tampoco sirvo de nada. Qué especie de mierda somos. Un@s matan, otr@s no llegamos a tiempo para evitarlo.
Quise encontrar el capítulo "Libertad" del libro para incluirlo en la entrada, pero no lo conservo entre mis archivos y no lo hallé disponible en google.  Habían muchos conceptos en los que yo no concordaba ni concordaré nunca con la visión del autor, pero este capítulo en particular era genial.

domingo, 13 de mayo de 2012

La fábrica de pastas

Caminaba buscando una fábrica de pastas. No sabía a ciencia cierta la ubicación, pero sabía que se encontraba cerca. Bastaron unos segundos para que eso dejara de preocuparle y comenzara a caminar sin rumbo, del modo que solía hacerlo, con la mente en otra parte.
De pronto se paró en seco. No supo por qué. Algo la había sacado de su ensimismamiento. Se preguntó qué habría sido.
Se percató de que la música que estaba oyendo en su mp3 era una sinfonía de Beethoven, y de la presencia de dos jóvenes en el zaguán de una antigua casa que conversaban. El cielo estaba celeste, la gente caminaba por allí. Nada parecía fuera de lo normal. Nada parecía digno de haberla sacado de sus pensamientos. Volviendo a pensar en la fábrica de pastas, giró sobre su propio eje, y de pronto lo entendió. Acababa de percatarse de que se había detenido enfrente a una casa antigua, y se quedó viendo el número de la puerta. ¿Por qué no podía dejar de mirarlo? "219", "219", pensó para sus adentros.
Lo recordó. Había estado allí antes, claro que sí. Era la casa donde su tía abuela solía vivir. Aquella casa grande, fría, oscura y antigua, a la que tanto detestaba ella acudir en su infancia. De pronto podía verse a sí misma de niña, junto a su madre, que tocaba el timbre al tiempo que le decía "es sólo un ratito." Pero ella sabía que ese "ratito" se extendería hasta la hora en que su padre saliera del trabajo y los pasara a buscar en el auto.
Recordaba haber permanecido horas allí, mirando el reloj, aburrida, pensando. Recordaba los canarios que su tío abuelo tenía enjaulados y la angustia que sentía al verlos. Había planeado liberarlos una vez, pero había fallado.
Ahora estaba allí enfrente. A centímetros del timbre. El lugar era el mismo, ella era la misma, pero no había ya nada que la vinculara a ese sitio. Pensó que en cualquier momento podía salir alguien de la casa. Ella lo vería como el extraño que ocupaba la casa de su tía abuela, él la vería como una chiflada parada frente a su puerta sin razón alguna.
Miró la puerta de al lado "217", también conocía esa casa. Había vivido allí un amigo de sus padres. Volvieron a su recuerdo ambos, él y su tía. Hacía tiempo que no se le pasaban por la cabeza. No era mucha gente la que habitaba en su mente, la verdad sea dicha. Vinieron a su memoria también su tío abuelo y la esposa del hombre del "217", ambos muertos.
Intentó recordar la última vez que había cruzado alguna de esas dos puertas. Lo cierto es que uno no suele recordar la última vez que cruzó una puerta, ni la última vez que besó a alguien, ni la última vez que habló con una persona, por una razón muy simple: el hecho fue llevado a cabo sin prestar atención, sin sospechar que esa era la última vez. En consecuencia, se lo tomó como algo cotidiano, y uno suele olvidar las cosas cotidianas.
Sólo consiguió recordar la edad aproximada que tendría en aquel entonces. Pensó en cuánto había acontecido, y se dijo que el futuro no había sido lo que ella sospechaba que sería. Le pareció curioso pensar en un "futuro pasado". "El futuro no fue como yo pensaba", se repitió, para recordarlo. Cierto era que, si bien el futuro la asustaba, y seguía sin saber dónde estaba parada, la asustaba menos, y estaba menos perdida, que en ese entonces. Algunas respuestas había encontrado.
Permaneció unos minutos más ahí. Siempre la embargaba una impresión profunda cuando volvía a un lugar al que hacía años no acudía. Más aún cuando lo hacía sin ser consciente de ello, como era el caso.
Se sintió de 5,10,20,30 y 40 años al mismo tiempo. Como si todas sus "yo" que habían estado en ese lugar, la que estaba en ese momento, y las que probablemente fueran a pasar caminando por esa calle alguna vez estuvieran en ese preciso instante ahí.
Dejaba de sentirse fragmentada, toda su vida se concentraba en el momento.
Empezó a sentirse mal y tuvo que apartar la vista de la puerta, entonces vislumbró, a media cuadra de distancia, a la fábrica de pastas.

miércoles, 7 de marzo de 2012

What has been seen...

Estornudó. "Mierda", se dijo. Lo único que le faltaba era resfriarse, Cualquiera diría que le había hecho mal haber caminado bajo la lluvia. Ella sabía que esa no era la razón. Era tan reprimida, que cuando su ánimo era malo, se resfriaba. Era su maldito carácter lo que la enfermaba. Eso le fastidiaba. Siempre decía que iba a hacer algo al respecto, que iba a cambiar, que iba a tomar otra postura ante la vida. Pero lo cierto es que seguía gastando en antigripales. No se necesitaba mucho para alterarle el ánimo. De hecho, éste era muy variable. En un momento dado de su vida, eso le había preocupado. Odiaba y amaba su carácter al mismo tiempo. Más de una vez le habían hablado de antidepresivos y porquerías por el estilo. Siempre mandó a todo el mundo que se atrevió a insinuárselo a freír churros. Le gustara o no le gustara, esa era SU psiquis. Lo que la hacía quien era. Engañarse a sí misma con químicos contradecía una de las dos únicas premisas que seguía: ser fiel a sí misma. Prefería ir por la vida con una nube negra sobre su cabeza, SU nube negra, a ir drogada "feliz", sólo para ser como la sociedad quería que fuera: una consumista estupidizada. La sociedad podía irse bien a la mierda en lo que a ella respectaba, ya bastante le fastidiaba tener que vivir en una ciudad. Aunque, por más curioso que pueda sonar, cuando su mal humor dejaba paso a la tristeza, surgía en ella una especie de amor fraterno, y hasta su pesimismo se aplacaba un poco.
Tenía obsesión con la muerte desde que había tomado verdadera consciencia de ella, a sus seis años. Recordaba dormirse de noche pensando en que sus padres un día morirían y ella se quedaría sola. En algún punto, había empezado el duelo por sus padres desde entonces. No fue hasta un tiempo después (cuando comprendió que en cierto modo ya estaba sola y siempre lo estaría) que comenzó a pensar en su propia muerte. Era un tema recurrente en sus pensamientos. Dos por tres se sorprendía imaginando el día en que falleciera. Incontables veces se había preguntado: ¿cuál sería su último pensamiento? ¿cuál sería?
Recordaba haber estado en una o dos situaciones en las que sintió que su vida corría peligro. Grave peligro. En ambos casos sólo recordaba haber sentido una fuerte voluntad de vivir. Alguna frase del estilo de "soy muy joven para morir" había resonado en su mente. ¿Qué será lo que se piensa? ¿Se recordará lo vivido? ¿Se pensará en la persona a la que una ama? ¿Se tendrá remordimiento o alegría (dependiendo de qué tan conforme se sienta una con la vida que se llevó)? Es evidente que es una pérdida de tiempo pensar en estas cuestiones. La gente mayor siempre dice que una disfrute de la vida en lugar de atormentarse con estas conjeturas. Pero ¿cómo se puede vivir la vida sin pensar en la muerte?
Está claro que la vida no tiene sentido y que todos nacemos y morimos solos, pero ¿por qué duele? ¿Por qué seguía pensando en estas cosas? ¿Por qué no se "divertía" como los demás humanos de su edad? ¿Por qué hablaba de sí misma en tercera persona? ¿Era acaso que no se resignaba? ¿Era que no tenía la fuerza suficiente para aceptar lo horrendo de la existencia? ¿Por qué esa obsesión suya con el paso del tiempo? ¿Por qué (en algún punto) no lo podía aceptar? Había intentado ser religiosa en una ocasión, para darle gusto a sus padres. Pero what has been seen, can't be unseen, y nunca consiguió tener fe. Intentó huir de la realidad, de la verdad. Pero le fue en vano. No puede llenar su vacío existencial con cuentos para niños. Está sola, como todos, sólo que ella es consciente de ello. El día en que muera, no lo va a saber. Y así como así, de un segundo al siguiente, su vida va a terminar. Tan abruptamente como comenzó. Y todo habrá sido en vano. Todo el maldito sufrimiento, todo el esfuerzo, todo el trabajo, haber escrito esto, para nada. No puede salvar al mundo. Ni siquiera salvarse de sí misma. Es sólo una triste pila de carbono capaz de pensar, consciente de la finitud de su desgraciada existencia.

sábado, 3 de marzo de 2012

Mi lugar en el universo

Mi asteroide

Mi paisaje (sí, tengo atmósfera, fuck logic)

Esas líneas en el cielo son un asteroide pulverizándose. Le pasó por meterse con mi atmósfera.

Este es uno de mis vecinos
Le tengo mucho cariño. A excepción del tío que se burló de mi atmósfera, todo el mundo es muy amable por allí. Debe ser porque nadie estorba a nadie. Cada quien está en su asteroide. El mío es hermoso. El metabolismo me cambia cuando estoy ahí, puedo hacer el ciclo de Calvin - Benson. Acá en la Tierra no. Es una lástima. No me gusta ser heterótrofa. Estoy enamorada de un encantador Ciruelo. Hace tiempo que no lo  veo. 
He encontrado cosas y personas divertidas en este planeta, y mejor que siga conformándome, porque algo me dice que voy a tener que pasar varios años acá. Tendría que haberle pedido a Bulma una de sus naves encapsuladas. Pasó cerca de casa hace un tiempo, iba para Namekusei.
Ahora tendré que buscarme un lugar donde vivir en paz en la Tierra. Todavía no me acostumbro a los Homo sapiens. A veces pienso que los entiendo y les tengo afecto. Otras veces los encuentro deplorables. La mayor parte del tiempo, sólo pretendo que la mayoría de ellos me dejen en paz. A veces tengo suerte de encontrarme a algún vecino por acá. Parece ser que la Tierra es un destino muy frecuentado. Yo no recuerdo cómo llegué. Me parece fascinante todas las formas de vida que hay. En mi asteroide éramos pocos, mi amado Prunus domestica, Coccinella sempempunctata, Citrus x sinensis, y yo. Cualquiera de ellos, son mucho más tranquilos y pacíficos que los Homo sapiens. Así que todavía no me adapto a este lugar. Además los H. sapiens asumen que soy de su especie, y me tratan como tal. Por suerte se dan cuenta de que soy "rara" y se alejan de mí. Acá también hay ciruelos, naranjos y mariquitas. Me alegra mucho. Sé que mi amigo El Principito anduvo por acá, pero se fue antes de que yo llegara. Ya nos veremos cuando regrese. Si por esas casualidades, Principito, te interesaste por los avances en las comunicaciones de los humanos, y estás buscando a los conocidos tuyos que estamos en la Tierra, y llegás a leer esto; por favor, cuidá mi planeta mientras yo no estoy. El tiempo es tan relativo, que en un rato voy a andar por ahí. (:


domingo, 26 de febrero de 2012

CUENTOS DE LA SELVA

Lo prometido es deuda. Como soy mujer de palabra, hice lo que me propuse hace dos semanas: volví a la Feria de Tristán Narvaja a buscar el libro de la dedicatoria.
Dado que tengo memoria visual, no tardé en dar con el puesto en que lo había encontrado anteriormente. Busqué en el sector exacto de aquella vez, pero no estaba. Pensé si no me habría equivocado de lugar. Miré alrededor, estaba segura de que era allí. Me aproximé al vendedor. Le expliqué que hacía dos semanas yo recordaba haber encontrado allí un ejemplar de "Cuentos de la selva" de Horacio Quiroga de editorial Losada, pero que en el lugar donde yo lo había visto, ahora había un cartel que rezaba "TEATRO". El hombre buscó en otro sector "¿es éste?". Y era. Era ese. Me sorprendió que no lo hubieran comprado. Acá está la dedicatoria:


viernes, 24 de febrero de 2012

Noche

Contemplando el atardecer, me puse a pensar, qué lata que es todo. Qué lata que es el amor. El amor en general, no sólo el romántico, sino el tener sentimientos hacia otros seres vivos. Porque lo cierto es que si bien todos estamos solos, siempre lo hemos estado y siempre lo estaremos, de vez en cuando se encuentra uno en la vida con seres con los que le agrada pasar el tiempo.
Cuántas veces se sorprende uno pensando hasta cuándo durará un vínculo que le agrada, para luego decirse a sí mismo que no es sano ver las cosas de ese modo.
Pensé que tal vez lo molesto fuera el hecho de que los lazos afectivos son efímeros. Pero entonces miré el atardecer. El atardecer también lo es (al igual que todo en la vida.)  Uno sabe que el sol va a ocultarse, pero ¿por qué no nos molesta saber que eso va a ocurrir pero sí nos molesta pensar en separarnos eventualmente de ciertos seres? Creo haber hallado la respuesta. El atardecer cuenta con una certeza, que al otro día va a haber otro. Todos sabemos que nos quedan 4 millones de años en los que cada día veremos un amanecer y un atardecer. Puede que uno muera mañana, y el atardecer visto hoy haya sido el último de su vida, pero eso no importa, porque la pregunta no es ¿cuánto tiempo de vida me queda? La preocupación no está en la propia existencia sino en tener la certeza de que lo que se ama permanecerá, en este caso, el atardecer. Claro que es una permanencia engañosa, porque no hay dos atardeceres iguales, del mismo modo que uno no se encontrará en la vida con dos amistades iguales, dos parejas iguales. El aspecto de cada atardecer dependerá de las condiciones atmosféricas. Uno sabe que el tiempo que pase con cada ser que se encuentre, dure unos minutos o veinte años, será en realidad como un día. Lo encontrará al amanecer, con gran sorpresa, y para cuando el sol caiga, será el momento de despedirse. Uno se quedará en compañía de la Luna, el tiempo que sea necesario. Porque durante el día, se puede apreciar el movimiento del sol. Se sabe cuánto tiempo queda. Se puede estar al mediodía junto a alguien e intentar imaginar cómo será el atardecer, pero en ese caso se cometerá el grave error de no disfrutar del cénit. Sin embargo uno lo hace. No siempre se valora el tiempo que se pasa con alguien minuto a minuto, porque muchas  veces la idea del atardecer nos preocupa demasiado.

Cuando un día termina y uno siente que queda solo, siempre está la Luna por allí, para acompañarnos el tiempo que sea necesario. Pues durante la noche, se pierde la percepción del tiempo. A veces uno olvida que un nuevo día espera. La noche nos da una falsa idea de permanencia, de estasis, de falta de movimiento, de eternidad. Esa eternidad que uno deseaba al atardecer, cuando veía que su estrella se marchaba. Pero a la vez, el permanecer en la noche mucho tiempo, hace que uno se percate de algo: si todo fuera para siempre, no lo valoraríamos. Es el saber que no se estará para siempre con alguien lo que hace que uno lo quiera más. De lo contrario, la vida sería aburridísima. Aunque tal vez no sería tan malo. Dependerá de cómo se lo mire.
Pues lo cierto es que cuando a uno el día se le pasa volando, contempla el atardecer con añoranza, pensando que ojalá todos los días fueran así. Despide a su amigo entre luces de fuertes colores, y se queda allí, con su recuerdo. El resplandor del sol, permanece aún cuando ya se ha marchado. El sol se ocultó a las ocho y treinta y pico. A pesar de las nubes, uno puede percibir, que el tiempo transcurrido entre el momento en que percibimos que el sol está sobre el horizonte y el momento en que lo vemos desaparecer de nuestro campo visual es ínfimo en comparación al tiempo que dura su luz. Hasta las nueve y diez fue apreciable un resplandor amarillento. Así y todo me quedé hasta nueve y veinticinco. Cuando uno observa algo durante mucho tiempo, le da la impresión de que eso sigue estando allí aunque no sea verdad. Cualquier persona hubiera dicho que el cielo estaba azul, pero yo seguía viendo un resplandor amarillo. La forma de las nubes recordaba a la de una galaxia, y al rato noté que, a excepción de dos pescadores que alcanzaba a distinguir a lo lejos, estaba sola. Igual que siempre.
Nadie se queda a contemplar el último resplandor.
Llega ese momento en que hay que aceptar que un día terminó, que ya no hay resplandor amarillo, y nos quedamos en compañía de nuestra amiga la Luna, que siempre está ahí, para hacernos sentir mejor. Excepto hoy, una noche sin Luna. Aunque todos sabemos que ahí está, a pesar de que no la veamos.
Hay que aceptar que un día acabó, y disponerse a iniciar uno nuevo, por más que el saber que volveremos a estar solos en la noche, en ocasiones nos haga desear permanecer por siempre en ella.

domingo, 12 de febrero de 2012

Dedicatoria.

Es curioso las reflexiones a las cuales algo aparentemente mundano pueden llevarla a una. En la feria había un libro a la venta. Una edición vieja de "Cuentos de la selva" de Horacio Quiroga. Llevaba una extensa y hermosa dedicatoria que databa de 1960 de un padre a su hijo. Por lo visto el hijo lo había vendido, o el hijo había muerto y los hijos de ese hijo lo habían vendido; o el hijo murió sin dejar descendencia y sus pertenencias fueron vendidas por parientes lejanos. Es tan divertido ponerse a imaginar la historia que ese libro puede haber tenido. Quiroga nunca podría haberlo imaginado. Somos incapaces de conocer el alcance de nuestras acciones.
Ese libro fue escrito, editado, impreso, comprado por un hombre, que lo dedicó a su hijo, leído a ese niño por su abuelo, y luego de algún modo fue a parar a la feria, 52 años después de que la dedicatoria fuera escrita por ese hombre. Tal vez la había escrito una noche sólo en su casa. Tal vez una mañana desayunando junto a la madre del niño, antes de que la criatura despertara. Tal vez haya sido un regalo de cumpleaños. Tal vez haya sido uno de esos regalos sin propósito específico que los padres o los amigos a veces hacen, simplemente porque no pudieron evitar pensar en uno al ver el objeto y nos lo compraron felices, convencidos de que sería de nuestro agrado. Tal vez fuera viudo. Tal vez le compró el libro a su hijo porque a él se lo leían de niño. Después de todo, "Cuentos de la selva" fue publicado en 1918. Luego de ese día en que escribió de su puño y letra la dedicatoria, transucrrieron 52 años. Vaya a saber una qué aconteció en ese intervalo de tiempo. Pudo haber estado en una caja muchos años, pudo haber pasado de mano en mano. Pudo ser que el hijo prestara el libro a un amigo que nunca se lo devolvió y después de años de no verse ese amigo lo haya vendido. Pudo haber pasado cualquier cosa, pero lo cierto es que ese hombre que escribió la dedicatoria, de algún modo estaba ahí hoy, 12 de febrero de 2012. De algún modo el hijo y el abuelo del niño también forman parte del libro. Así como evidentemente su escritor, y todos los que se detuvieron a leerlo. Es esa carga histórica la que añade valor a las cosas. Cosas que curiosamente, suelen ser notoriamente más baratas que las impersonales. Lo hubiera comprado, sólo para ser de alguna manera parte de esa historia, y tener una dedicatoria tan hermosa, aunque no esté dirigida a mí. Eso me hace a mí impersonal, una simple espectadora que observa todo, sin pretender involucrarse, por pura cobardía, aunque en realidad está involucrada, porque no es todo lo etérea y fantasmal que le gusta pensar. Porque es un humano real, aunque tenga que repetírselo todos los días frente al espejo mientras se lava los dientes porque olvida que está viva, porque olvida que pertenece a esta realidad. Esa realidad en la que le cuesta tanto permenecer.
Pero va a hacer algo. La próxima semana va a volver. Por si el cuento sigue estando. Si no está, alguien más lo habrá comprado; de lo contrario, ella se encargará de mantener de algún modo vivo a aquel hombre que un día de 1960 dedicó un libro a su querido hijo.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Piezas

Organizando libros en la biblioteca de mi casa, encontré fotografías viejas. Muchas de las cuales yo no recordaba. Me sorprendió hallar algunas de cuando estaba en jardinera, y fuimos con mis compañeritos de paseo.
Una de ellas es un fiel retrato de mi carácter. Nos tomaron dos fotos al grupo completo. En la primera todos estamos mirando a la cámara, si bien yo estoy de costado, por algún motivo que no recuerdo. En la otra, nos tomaron la fotografía sin avisarnos por lo visto, porque todo el mundo estaba haciendo algo distinto. Unos reían, otros conversaban entre ellos, yo estaba algo distanciada, seria, con la vista fija en algo que tenía en mi mano, posiblemente pasto. Sumida en mis pensamientos, aislada de los demás. Como siempre.
El otro día una amiga me comentó que una conocida en común que tenemos tiende a aislarse. Yo le dije que yo hacía lo mismo, y me respondió que eran aislamientos diferentes. El aislamiento de nuestra conocida era más bien "clasista", algo del estilo: "no me llegan a los talones, ¿para qué me voy a juntar con ellos?" mientras que el mío era: "¿para qué me voy a gastar en acercarme o dejar que se me acerque la gente, si de todos modos no me entienden?". En otras palabras, que mi actitud era producto de sentirme constantemente como sapo de otro pozo. Eso siempre ha sido así en realidad, y no creo que algún día cambie.
Recordé que cuando yo tenía cinco años, a veces me leían cuentos de hadas. Yo le pedía a mi padre que no lo hiciera, porque me parecían estúpidos. Nunca me pareció creíble el "vivieron felices y comieron perdices". Además, la verdad sea dicha, a la protagonista le faltaba carácter, el príncipe azul es un incompetente, y los malos son todavía más incompetentes porque la protagonista y el príncipe los vencen. Desde ese entonces tenía la teoría de que una no puede esperar que nadie haga las cosas por una, hay que saber valerse por sí misma. ¿Te quedaste atrapada en una torre? No esperes que te crezca el pelo para que alguien trepe por él, cortátelo, atalo a las patas de la cama, y junto con sábanas y cortinas, usalos para bajar de ahí.
Como tengo espíritu científico, quise probar si valía la pena actuar como las protagonistas de esos cuentos, y pensé en una forma. Yo tenía dos amigos en toda la escuela, un amigo y una amiga. Mi amigo era el que iba a colaborar conmigo en mi experimento, aunque él no estaba al tanto.
Le dije que jugáramos a que yo estaba atrapada arriba del tobogán (tobogán = torre) y él tenía que subir a rescatarme, trepando por él (no por mi pelo obviamente.)
Mi pobre amiguito se empeñó en la empresa, pero demoraba tanto como el príncipe de los cuentos. Me di cuenta de que eso no era para mí, yo no tenía paciencia para esperar a que vinieran en mi auxilio, no era tan pasiva. Finalmente, salí yo sola del tobogán, y así he hecho con todo en mi vida.
Armando un mueble con ayuda del manual, noté que las piezas estaban numeradas. Las piezas que venían en parejas llevaban el mismo número. Cuando llegué a la pieza que llevaba por número mi fecha de cumpleaños noté que estaba sola.
No todas las piezas vienen de a dos.

miércoles, 25 de enero de 2012

Colina frente al mar.

El mar no se encuentra lejos de donde vivo. Con sólo salir a la calle puedo verlo. Es muy relajante sentirlo tan cerca. Las olas tienen el poder de aclarar la mente. No importa cuántos años tenga una, ni qué tan preocupada se esté. El mar calma la tempestad interna. Al menos por un rato.
Si se lo quiere apreciar de cerca, siempre se puede cruzar a la Rambla. Quien escribe, lo encuentra un tanto molesto. Para ir caminando por la Rambla y mirar el mar hay que mantener la cabeza rotada 90º, lo que no sólo da dolor de cuello y marea, sino que hace que no se pueda ver al frente mientras se camina. A eso hay dos soluciones: bajar a las piedras, o mirar el mar desde otro sitio. Justo enfrente al mar, hay una colina, con un pequeño monumento. Desde allí se puede ver perfectamente el paisaje. La calle queda entre medio, y es genial observar el contraste entre los autos que pasan unos metros por debajo de uno y el mar. Los coches siempre apresurados para llegar a algún lugar, para luego apresurarse a llegar a otro, y así sucesivamente, sin pensar que en verdad no saben a dónde quieren llegar y por eso corren tanto; y el mar, calmo o furioso, pero siempre transmitiendo paz, de algún modo. Haciendo que una cambie la perspectiva. Como si fuera un maestro sabio y severo que todo lo comprende. Deja que uno piense sus propias respuestas mientras te sumerge en una profundidad tan abrumadora como seductora.  Porque ¿quién no ha encontrado respuestas a interrogantes de cualquier tipo observándolo?
Mientras caminaba por la colina, dando vueltas como los gatos o los perros, cuando no terminan de encontrar un sitio que los convenza, lo encontré. Apenas comienza la pendiente, hay una pequeña depresión. No muy profunda, no muy grande, perfecta para que una persona se siente allí.
Así es que lo hago, y cuando logro vencer aunque sea por unos segundos la atracción casi hipnótica que el oleaje ejerce sobre mí, y soy capaz de apartar la vista del agua, miro los autos. Pienso en que podría resultarles curioso, ver a una muchacha solitaria, contemplando el mar en una colina solitaria, en lugar de en los bancos de la Rambla, como el resto de las personas. Sin embargo, no dirigen la mirada hacia mi ubicación. A nadie le importa, y eso es genial. Es genial pasar desapercibido, que a nadie le importe lo que una haga o deje de hacer. Es tan molesto tener que mostrar una imagen, tan fastidioso tener que dar explicaciones, son tan estúpidos los chusmeríos. Se siente tan bien el anonimato. Es sencillamente perfecto haber encontrado una colina solitaria, con un pequeño hoyo, cubierto de gramíneas, sólo para mí.