Registro de Desvaríos

Me gustaría decir que esto es un blog serio, que voy a publicar regularmente en él, o por lo menos que van a leer cosas relativamente coherentes, pero a pesar de mis desvaríos soy lo suficientemente consciente de la realidad como para saber que estaría mintiendo si lo dijera.

sábado, 17 de octubre de 2015

Sustantivo

Dar por nombre a una criatura un sustantivo, es necesariamente una mala idea. No sólo se le provocará al pobre ser una gran confusión cuando de pronto sea nombrado en su presencia el sustantivo tocayo, ni solamente dará lugar a todo tipo de bromas  por parte de sus compañeritos de clase. No, no sólo se provocarán esas situaciones. Nombrar a una critaura con un nombre propio que además sea un sustantivo generará que en la mente de aquellas personas para las que ese ser haya sido importante, ambos conceptos permanezcan siempre unidos. En presencia del ser dará lugar a chistes divertidos que hasta él mismo disfrutará siendo ya adulto y habiendo olvidado lo mal que lo hacían sentir de niño, mas en su ausencia prolongada provocará que cada vez que ese sustantivo suene se genere en la memoria de quien le recuerda una especie de déja vù, un sabor amargo, o dulce o agridulce, seguido de un cierto desconcierto, que no cesará hasta no alcanzar un recuerdo, que se transformará en una sonrisa, a la que le seguirá el pensamiento "un día ese sustantivo significó mucho más."

Entramado de puentes

¿Por qué la muerte nos perturba tanto?
¿Por qué nos quedamos tiesos sin saber qué hacer cuando vemos un cadáver?
Está claro que la muerte es el fin inexorable al que todos nos aproximamos con cada instante que transcurre. Está claro también que es algo desconocido, en tanto que para tener consciencia y noción de la propia existencia es requisito excluyente estar vivo. Morir entonces implica perder nuestra mayor creación, nosotros mismos. Si bien es verdad que un ser es producto de otro u otros (en dependencia del tipo de reproducción que aplique a la especie en cuestión) en lo que refiere a lo biológico, un ser sintiente y racional, como el caso de la especie  a la que pertenecemos, es producto de sí mismo en  tanto se reinventa a sí mismo a cada instante. Un ser vivo es un ser dinámico sujeto a una constante recepción de información. Información que, en el caso de seres con capacidad racional aguda es interpretada en función de los conceptos que se poseen y vuelta a ver a través de esos ojos. Así, nuestra realidad es en buena parte creada por nosotros mismos y por lo tanto podemos concluir que pasamos toda nuestra vida trabajando en la modificación de estos conceptos y buscando alcanzar nuevos horizontes sin tener para ello chances de hacer ensayos ni borradores y teniendo conocimiento de que nuestro proyecto puede ser cancelado en cualquier momento.
Sin embargo, la muerte de otro ser no sólo nos perturba en tanto que nos recuerda la inevitabilidad de la nuestra propia y nos hace estremecer de sólo pensar en la posibilidad de perdernos a nosotros mismos. La muerte ajena nos perturba a su vez por la muerte ajena en sí misma. Porque ya dice la sabiduría popular que "todo tiene solución excepto la muerte". Cuando un ser vivo se enfrenta a una situación que no le agrada, puede siempre huir, atenuarla, o volverla en su favor. O al menos puede intentarlo. Pero en lo que refiere a la muerte, nada hay que hacer al respecto. Vivimos en un mundo en el que vemos todo transformarse todo el tiempo, de todo podemos ver lo que fue, lo que es, y lo que será. Hay algo  que vincula el presente con el pasado que es tangible y es prueba del carácter real de ese pasado. Dándole así sentido. De todo, menos del nacimiento y la muerte. A nuestros ojos, un ser de repente existe y de repente no existe. Nada nos advirtió que iba a existir o que iba a dejar de hacerlo, y esto último es inevitable por definición. Más allá de que existan pertenencias del difunto, el significado y la historia de las mismas sólo lo sabrá quien haya conocido al dueño. Así, el vínculo con la prueba tangible está mediado por el vínculo con alguien que ya no existe. El ladrillo de una casa en la que uno vivió tiene significado en sí mismo, porque el vínculo era entre uno y la casa. El vínculo con un objeto que era de alguien más es a través de ese alguien más, pero si ese alguien ya no existe, ¿es ese objeto prueba de que una vez lo hizo? No, lo que prueba que una casa existió es un ladrillo, lo que prueba que un ser vivió es lo que dejó en los demás. La única prueba de la existencia de un ser no es tangible, es el amor que se le tuvo. Lo que hace real un vínculo entre dos seres, es el amor que se tienen. Pero si uno desaparece ¿qué hace el que queda con su amor? ¿Por qué ese amor sigue existiendo después de que el ser al que le era profesado ya no? La muerte no sólo nos perturba porque nos recuerda la finitud de nuestra existencia, la muerte no sólo nos perturba porque nos deja con un cadáver y cachivaches y telegramas y buzos y cassettes, además y sobre todo, nos perturba porque derriba la otra punta de un puente que se sostenía por dos extremos. Claro que así planteado, la solución sería a priori, tan lisa y llana como cortar el extremo que se encuentra de nuestro lado y evitar el vacío ante el cual el puente nos enfrenta. Sin embargo, cabe notar que ese puente no está aislado sino formando un entramado con otros. ¿Por qué? Porque ese amor sostuvo muchas cosas. Porque gracias a la existencia de ese puente, se alcanzaron nuevos lugares y se construyeron nuevos puentes. Porque las cosas que ese amor sostuvo siguen existiendo aunque el ser amado haya dejado de hacerlo.
El entramado de puentes que define nuestros vínculos, nuestras motivaciones, nuestros miedos y nuestros sueños estará siempre necesitando modificaciones, no dejándonos más alternativa que la de ser seres intrépidos y aventureros que deban estar balanceándose de aquí para allá, atando y desatando, oscilando entre abismos sin pavor, hasta que un día ese vacío nos devore, y alguien siga modificando parte de ese entramado.


sábado, 27 de junio de 2015

Un mundo de perros que pasean en bicicleta en un día soleado viendo globos aerostáticos volar


"Why are there so many songs about rainbows
And what's on the other side
Rainbows are visions
But only illusions
And rainbows have nothing to hide
So we've been told
And some choose to believe it
I know they're wrong, wait and see
Some day we'll find it
The rainbow connection
The lovers, the dreamers, and me
Who said that every wish
Would be heard and answered
When wished on the morning star
Somebody thought of that
And someone believed it
And look what it's done so far
What's so amazing
That keeps us stargazing
And what do we think we might see
Someday we'll find it
The rainbow connection
The lovers, the dreamers, and me
All of us under its spell, we know that it's probably magic
Have you been half asleep?
And have you heard voices?
I've heard them calling my name
Is this the sweet sound
That called the young sailors?
The voice might be one in the same
I've heard it too many times to ignore it
It's something that I'm supposed to be
Someday we'll find it
The rainbow connection
The lovers, the dreamers and me""

No interesa si un arcoiris es un simple fenómeno óptico y las estrellas fugaces son rocas sin rumbo o si aquel es un puente que lleva a algún lugar mágico, y estas cumplen deseos. Lo que importa es lo que creemos que son, no lo que son. Porque la mente no tiende a  la verdad, sino a la belleza. Por eso todos queremos creer. Por eso de niños nuestros padres nos hacen vivir en un mundo mágico, porque saben que durante la infancia la inocencia nos permite ver magia en el mundo, y el mundo es mágico si creemos que hay magia en él. Algunos tuvimos tal fe en esa magia, que de adultos la seguimos buscando, y seguimos asombrándonos con los atardeceres, las estrellas, los arcoiris y las mariposas, porque después de mirarlos por un rato, la belleza que poseen hace que olvidemos los conocimientos que tenemos y volvamos a creer que esta realidad tiene que ir más allá de lo que racionalmente sabemos de ella.
Es que al fin y al cabo, la humanidad tiene una relación extraña con la razón. Por un lado, nos permite entender lo que nos rodea y deducir principios generales que nos ayuden a prever y en consecuencia controlar, sucesos, haciéndonos sentir que tenemos algún poder y dándonos seguridad. Por otro lado, no consigue que dejemos de sentirnos vacíos, porque la razón sirve para entender aspectos de la realidad, pero no a la realidad en su conjunto. La realidad en su conjunto es no lineal, aunque dentro de ese gran desorden encontremos algún patrón aislado por acá y otro por allá. Con la razón podemos entender algunos de estos patrones aislados, pero no la totalidad, porque funciona de forma lineal.
La vida es absurda y desordenada, pero necesitamos sentir que hemos encontrado un patrón que la rige, un motivo por el cual está configurada de ese modo, necesitamos encontrarle sentido.
Algunos miran el caos de puntos por todos lados y buscan conjuntos que unir y diseños que se repitan, satisfacen su necesidad de comprender el universo con su razón.
Otros lo interpretan según un esquema que alguien les dio y parten del principio de que ese esquema general explica ese gran desorden de puntos, son los fundamentalistas.
Finalmente, están los que intentaron ser ambas cosas y ninguna les funcionó, y llegaron a la conclusión de que podían unir ellos mismos los puntos, de la manera que más les gustara. Son los que necesitan sentir que el mundo es un lugar mágico para levantarse por las mañanas. Son los soñadores.
Tal vez me equivoqué cuando escribí que la mente no tiende a la verdad sino a la belleza, tal vez tienda simplemente a lo que el individuo necesita para vivir. Algunos necesitan creer que saben de qué va todo, se inventan una verdad, o toman una que les hayan inculcado, y se la creen. Otros, no se preocupan de lo que es cierto sino de lo que es bello, interpretan la realidad en función de su concepción de belleza y le atribuyen grado de verdad.




jueves, 8 de enero de 2015

Odio desarmar y lavar la cafetera italiana, pero es la mejor cafetera del mundo, y vale el esfuerzo

A veces, cuando me siento desanimada, me gusta sentarme junto a la ventana de una cafetería o bar, tomar algo, y ver a las personas pasar*. Ver una, dos, tres, hasta que empiezo a desdibujarme. Hasta que siento que no existo. Es entonces cuando, dependiendo de mi estado de ánimo, o me sumo en mi mundo interior hasta que dejo de ver lo que me rodea, entrando en un universo, en ocasiones hermoso, en otras terrible, en el cual sólo habitan mis conceptos, mis ideas, mis estructuras y mis recuerdos, o bien, comienzo a imaginar cosas sobre las personas que pasan. Me encanta imaginar sus ideas, sus sueños, sus rutinas, sus gestos, Me gusta intentar adivinar en qué estarán pensando, en qué puerta entrarán, si bajarán a pasear al perro, si preferirán los cubiertos con mango de plástico o los de mango de madera o los que son todos de metal. Me pregunto, a la hora de ir al supermercado, si tienen que comprar algo que nunca compran, y por lo tanto no tienen ningún concepto previo sobre ninguna marca, ¿cuál compran? ¿La más cara? ¿asumiendo que será mejor? ¿La más barata? ¿por tacañería o por tener poco dinero? ¿La nacional? ¿para favorecer a las industrias del país?
Desde niña me ha gustado escuchar lo que la gente tiene para decir, y vaya si he aprendido y me he deleitado con narraciones de todo tipo, pero mis preferidas, son las que versan sobre cuestiones simples y cotidianas. Esas cosas son las que hacen a las personas reales. Cuando me doy una ducha, cuando lavo los platos después de comer, cuando hago resúmenes para la facultad, cuando elijo qué ropa ponerme, a veces me pregunto cuántas personas más en todo este ancho mundo estarán haciendo lo mismo que yo en ese preciso momento, y de qué modo lo harán. Este modo es un sello particular de cada uno de nosotros. ¿O nunca llegaron a su casa, vieron la cocina y supieron quién había lavado los platos? ¿o nunca llegaron al trabajo y se dieron cuenta de quién había trabajado allí un rato antes de que ustedes llegaran?
¿Nunca fueron al supermercado y vieron frente a la góndola de los lácteos a una parejita que acababa de percatarse de que nunca se habían preguntado si preferían rallar el queso o comprarlo rallado? y en caso de comprarlo rallado, ¿en hebras o de la otra forma que no me acuerdo del nombre? ¿No se fijaron en la forma en que intercambiaban miradas? ¿con una expresión en el rostro que parecía denotar que en la respuesta que fueran a recibir les iba la vida? Más allá de que uno siempre pone cara de que le va la vida en eso cuando está a punto de escuchar una respuesta sobre lo que sea de la persona que ama, las cosas cotidianas asumen un papel importantísimo en esos casos también.
Una vez salí con alguien sólo porque me divertía la expresión de su rostro cuando levantaba la ceja derecha al hablar de algo que le crispaba los nervios.
Me divierte muchísimo conjeturar "si la vida de tal o cual persona fuera una obra, seguramente sería una película/novela/pintura/obra de teatro/un poema de x." Obviamente que a la subjetividad del juicio debe añadírsele que la riqueza del mismo se encuentra limitada por mis conocimientos sobre arte. que no son muchos, porque al ser mi gusto muy particular, descarto muchas cosas muy rápido, y eso me limita.




*En particular disfruto hacer esto en otoño, viendo a las hojas caer de los árboles y a la gente vestida de media estación, en tonos de rojos, verdes oscuros y marrones, con paraguas.

martes, 6 de enero de 2015

Documento encontrado

Lo escribí hace unos meses y lo dejé por ahí, arrumbado entre Mis Documentos. Ya me había olvidado de su existencia. Se ve que estaba optimista ese día. Vaya uno a saber. Dice así:
"Una vez alguien me preguntó qué era el amor.* Entonces recordé que una vez lo había sentido. No sabía cómo había pasado aquello, y a veces dudaba de que hubiera sido real. Pero cuando esa duda me embargaba, recordaba que todas las emociones fuertes que he vivido le han provocado a mi psiquis esa incredulidad. Hasta donde yo puedo recordar, y al hacerlo casi puedo volver a sentirlo, el amor es una emoción inmensa, que desborda a quien la siente y hace estragos con su raciocinio. El amor hace jugarretas extrañas con el tiempo, que abandona su ritmo habitual para repentinamente ir más lento, y al instante siguiente detenerse. Cuando te despista, vuelve a avanzar, pero más veloz de lo usual. Si de repente al darte cuenta de esto, piensas que ya no te desconcertará más, entonces, adrede, y sólo para provocarte una mayor confusión, jugará con las épocas de tu vida. Así, hará que de pronto te sientas de vuelta en tu infancia, y volverán tus sueños e ilusiones de aquel entonces. Al instante próximo estarás en tu adultez, saltarás entonces a la aún no vivida madurez, regresarás a la infancia nuevamente, transitarás tu adolescencia ya sin comprender nada, y seguirá haciéndote brincar de momentos previos a presentes y de ellos a futuros, sin tón ni són, dejándote sumamente perplejo. El tiempo dejará de existir y harás cambios en sucesos pretéritos. Te encontrarás perdido, abrumado, feliz y asustado. Todo a la vez. Sentirás naúseas, seguidas de euforia. Pensarás en huir, seducido por la falta que te hace tu vieja y querida razón. Dejarás que esta te embruje con su lógica, su coherencia, su estructura. Decidirás escapar, tomarás tu maleta, empacarás las cosas que necesitas, te pondrás el abrigo y darás un paso al frente, con profunda decisión. Abrirás la puerta con ímpetu, y te encontrarás entonces con una mirada que te pasará de lado a lado. Sabrá a dónde se dirigía tu alma y qué contenido tenía tu maleta. Pestañearás interrumpiendo el contacto visual, y verás entonces que también llevaba una maleta.
Si un día de estos, el amor se va, una parte se quedará en ti. Descubrirás cuando la herida ya no duela tanto que te devolvió una parte de vos mismo que al crecer el miedo había apartado de tu alma. Te verás a ti mismo con mayor claridad, comprenderás que su opuesto no es el odio, sino el miedo. Te verás desnudo frente al espejo. Aprenderás a seguir adelante**, y entonces, cuando casi lo hayas olvidado, volverá de improviso en otra forma, para recordarte que aún estás vivo, y hacer el tiempo y el espacio relativos de nuevo."









*en este texto se hace referencia al amor romántico.
** (más por resignación que otra cosa, pero para el caso es lo mismo, debería valorarse más al optimismo forzado, pues en ciertas situaciones es imposible sentir al que no lo es  y el pesimismo no sirve para nada) 
Esto último, señalado con ** lo escribí ahora, debería insertarlo mismo en el texto, pero no quería modificarlo. En particular porque estropearía un poco la tónica en que iba. Por eso puse aparte el comentario mala onda.

miércoles, 2 de julio de 2014

The Thermodynamics of Pizza

Zugzwang halló un libro titulado "The Thermodynamics of Pizza" en la biblioteca de su centro de estudios. En el mismo, el autor diseñaba un modelo teórico de la pizza (tres discos concéntricos denominados a, b y c (la masa, la salsa y la muzzarella), de grosor alfa, beta y gamma), y consideraba los factores que contribuían a que esta comida permaneciera caliente durante tanto tiempo (la capacidad de retener el calor que presentan a, b y c en función de su composición química, estructura, y considerando parámetros como "la caja de cartón" en la que viene la mencionada comida dadas sus propiedades aislantes y la relevancia que cobra dicha característica del envase aplicada al problema.) Al parecer el autor publicó su rudimentario y absurdo, pero gracioso e ingenioso modelo en algo llamado "Quick Publications in Culinary Physics". Zugzwang se quedó un buen rato pensando tras haber leído el "artículo". Frases como "the crucial parameter in the entire PROBLEM -the termal transfer coefficient between melted mozzarella and air - is also subject to considerable uncertainty. The absence of even RUDEMENTARY NUMERICAL VALUES of the KEY FACTORS makes it impossible to attempt SERIOUSSS MATHEMATICAL MODELING of this problem" la dejaron anonadada. La existencia del libro demostraba que siempre podía aparecer algo más absurdo de lo que uno pudiera imaginar. En cualquier caso, el subtítulo le llamó poderosamente la atención. Al fin y al cabo, ¿qué es la "vida de todos los días"? ¿comer una pizza? ¿tomarse un café? ¿fumar un cigarrillo?
Más allá de que el concepto de "everyday life" que da a entender el libro hace alevosa referencia a la clase media occidental, tema este del que se ocuparán sociólogos y opinólogos afines (pues a quien escribe poco le importa), Zugzwang pensó que una pizza dejaba de ser una pizza "de todos los días" si iba a ser ingerida después de muchísimas horas sin poder comer porque un ser querido está a punto de morirse en el hospital, y un café y un cigarro dejaban de ser cotidianos si se los consumía al llegar por la mañana tras haber pasado la noche con alguien por quien ni siquiera se siente simpatía porque se es incapaz de establecer vínculos emocionales y se es un ser vivo con las consiguientes necesidades fisiológicas. Bueno, esto último tal vez fuera más cotidiano. En cualquier caso, no hay "vida de todos los días" si se entiende a "un día como cualquier otro" a aquel en el que no ocurre nada "relevante" para el ser vivo en cuestión. Pues hasta que no llegue el próximo día no se sabrá lo que depare lo que reste de la jornada, y un día como cualquier otro puede ser el día de tu vida, y comiendo una pizza como cualquier otra podrías morirte atragantado con la muzzarella, porque al fin y al cabo, es un queso traicionero, con el que a veces uno se atraganta.
Zugzwang acaba de percatarse de que, para variar, buena parte de lo que escribió carece de sentido, y va a irse a leer el mencionado libro, pues le llama la atención un capítulo titulado "Coffee" y otro titulado "From Cabala to Entropy."
  Algún gracioso ideó una gráfica:
Dios mío

lunes, 16 de junio de 2014

Pretérito imperfecto

Durante toda mi existencia, algo me ha perturbado. ¿Qué pasa en el instante en que un momento deja de ser presente y se convierte en recuerdo? ¿dónde está el límite de lo real? Estas cuestiones se debaten en mi mente porque siempre he sido alguien que ha vivido demasiado en el mundo dentro de su cabeza, y para empeorar, tengo una memoria fantástica; no para recordar dónde he dejado objetos, pero sí para recordar situaciones, diálogos, gestos, atardeceres, mariposas, firmamentos, y paisajes.
Esta característica de mi mente, hace que muchas veces recuerde cosas que otros no, y eso me hace sentir muy sola. ¿Por qué? Pues porque el que hayan dos o más personas que recuerden algo, es prueba de que ese algo existió. Si uno solo lo recuerda, ¿cómo sabe que eso fue real?
¿Qué hace que un hecho del pasado sea real? El vínculo con el presente. Si nadie lo recuerda, ni queda ningún objeto o efecto físico en el mundo del hecho, es como si nunca hubiera sucedido.
¿Tiene sentido ser seres vivos conscientes del pasado? Es cierto que eso aporta noción de identidad al individuo, pero, haciendo una relación costo-beneficio, ¿la idea de identidad del sujeto vale todo el tiempo que el mismo ha de invertir pensando en eso? El recordar, ¿mantiene vivo un pasado? En definitiva, nada de esto puede ser respondido sin conocer la respuesta a una pregunta en apariencia muy sencilla, ¿qué es el tiempo? Ni siquiera eso sabemos. He ahí lo agradable de los idiomas. Parecen resolver cosas que en realidad no resolveremos nunca. En idioma español, el pretérito imperfecto es un tiempo verbal en el que el pasado aún afecta al presente, a diferencia del pretérito perfecto simple, en el que el pasado ya no se vincula con el presente. La vida es pretérito imperfecto, es un presente, afectado por un pasado, que no se llega a comprender, que a veces parece haber sido muy real, y otras veces una mera alucinación, y el límite entre ese presente y su pasado, es, cuanto menos, difuso. Todas estas interrogantes, no hacen más que recordarle a uno la melancolía de morir en este mundo y de vivir sin una estúpida razón. Si no sabemos qué es el tiempo, qué es la materia, qué es la vida ni qué es la realidad, menos vamos a saber por qué razón hemos de sobrellevar una existencia, pues dicha existencia está sustentada en los conceptos citados previamente, que son desconocidos.
Sólo nos queda amigarnos con lo absurdo. Aceptar que nada tiene lógica ni sentido y saber que estamos locos por pretender que el universo funcione como nuestra sobrevaluada mente de primates